
La ministra de Igualdad sostiene que hombres y mujeres son «especies radicalmente distintas» y pide ayudar al género masculino a «evolucionar»

En un rapto de lucidez que habría hecho palidecer al propio Trofim Lysenko —aquel charlatán soviético que negaba la genética mendeliana para complacer a Stalin—, la ministra de Igualdad, doña Ana Redondo, pronunció el pasado 2 de julio en los Cursos de Verano de la Universidad Complutense, con la solemnidad de quien revela los Diez Mandamientos la gran verdad oculta: hombres y mujeres son “especies radicalmente distintas que no tienen mucho que ver”.
De un plumazo disuelve la biología en la nebulosa woke. Olvídense del ADN compartido en un 99,9 % y de la evolución conjunta durante millones de años. Todo eso era mera propaganda patriarcal. Lo dice una ministra del Gobierno y, por tanto, adquiere rango de dogma de fe progresista; ciencia de Estado, con presupuesto y altavoz público incluidos.


La señora Redondo, en su inmensa caridad laica, no se limita al diagnóstico. Propone la terapia redentora: hay que “ayudar a evolucionar” al género masculino. Traducción del neolenguaje igualitario: el varón es un modelo defectuoso, un primate emocionalmente subdesarrollado.
¿Cómo redimir a una especie tan lamentablemente estancada? Para lograr esa noble meta, a la ministra solo le ha faltado, quizá un lapsus mental, proponer la creación campos de reeducación con lazos lilas y aroma a incienso wokista para los machos patrios.
El programa sería delicioso: Campo de Sensibilidad Integral “Ana Redondo”, desayuno vegano y ducha fría de culpa incluida; despertar al amanecer con el himno oficial Llora, Macho, Llora; sesiones obligatorias de deconstrucción de la masculinidad tóxica, donde se exorcizará la testosterona opresora entre sollozos controlados; talleres de autocrítica (“Hoy solo he sido un 47 % machista; prometo mejorar”); terapia de grupo con cuota diaria de abrazos y rechazo explícito a cualquier impulso competitivo, porque competir, claro está, es violencia estructural.
Cazando mamuts imaginarios
Mientras las mujeres —conforme al evangélico relato de la Sra. Redondo— ya han levitado hacia la plenitud feminista y se han apalancado cómodamente en el lado correcto de la historia, los hombres insisten en la ordinariez de arrastrar los nudillos por el suelo. Ahí siguen, los pobres, cazando mamuts imaginarios a falta de otra tarea más noble y negándose, con una terquedad casi conmovedora, a abrazar esa maravillosa 'vulnerabilidad' que sus tutores políticos les quieren imponer por decreto
La señora Redondo, en un alarde antropológico que haría sonrojarse a cualquier estudiante de primero de Historia o Arqueología, nos remite al paraíso prehistórico. En las cavernas, la ministro dixit, el poder se repartía de forma “prácticamente paritaria”. Ogla mandaba, Og cazaba y el matriarcado paleolítico era un edén de equidad hasta que el malvado patriarcado lo arruinó todo. Una ministra que invoca la Prehistoria como modelo en pleno siglo XXI revela, mejor que mil discursos, el subconsciente regresivo de la izquierda nativa.
La contradicción de la Ministra de Igualdad es tan grotesca que roza lo poético. Afirmar que hombres y mujeres somos especies distintas y, al mismo tiempo, exigir que una sea reeducada para parecerse a la otra equivale a que el titular de Sanidad, la entrañable Dña. Mónica García, declarase que blancos y negros son razas biológicamente incompatibles y propusiera campos de blanqueamiento u oscurecimiento obligatorios. Los progres gritarían con una sola voz: “Racismo”. Aquí, en cambio, la algarada de Dña. Ana se aplaude o es recibida con un aquiescente silencio.
Las declaraciones de la Sra. Redondo ya no son feminismo, ni siquiera radical. Son un delirio de ignorancia con vocación de ingeniería social totalitaria, eso sí, con aroma a lavanda y cargo público. El hombre ya no es ciudadano con derechos individuales; es un proyecto fallido de mejora genética al que hay que someter a terapia hasta que deje de ser hombre. Ya no quieren igualdad. Quieren domesticación, sumisión y, en última instancia, la desaparición cultural de la masculinidad.
Ingeniería de salón
Estimada doña Ana Redondo, gracias por su sinceridad brutal. El progresismo igualitario siempre fue esto: resentimiento disfrazado de compasión, odio al diferente envuelto en retórica de derechos. Evolucionen ustedes, si tanto les place. Abandonen la razón, nieguen la biología celular, decreten que la Tierra es plana y abracen el dogma puritano del siglo XXI.
El resto del mundo real —ese lugar molesto que no entiende de cuotas ni deconstrucciones— seguirá funcionando gracias a las leyes de la física y de la evolución. Aunque levanten cien campos de reeducación emocional y obliguen a sollozar bajo la bandera arcoíris al compás de sus consignas de parvulario, su ingeniería de salón tiene un pequeño problema: siempre termina estrellándose, con estrépito, contra la realidad biológica más básica e innegable.
Que viva la diferencia. Sigan legislando para su parque jurásico de ingeniería social; la realidad, con su tozuda costumbre de existir, contempla su utopía de peluche con la fría indiferencia con la que el universo observa las ocurrencias de un burócrata iluminado.
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