El Supremo y Al Capone
"Sánchez aprobó la amnistía para amnistiarse a sí mismo, pero ha dado con jueces insobornables como Marchena, Llarena o Peinado"
Begoña Gómez acudió el viernes a declarar, en calidad de investigada por corrupción y tráfico de influencias, ante el juez Peinado, objeto de un bulo clamoroso de uno de los mamporreros de Sánchez: se inventó, con una mezcla de mala fe premeditada e ignorancia congénita más propia de un sicario que de un medio de comunicación, que el susodicho utilizaba dos DNI distintos para adquirir propiedades inmobiliarias a mansalva, sugiriendo implícitamente algo siniestro y corrupto en sus compras.
La realidad es que hay dos personas con el mismo nombre que, lógicamente, disponen de un documento nacional de identidad distinto.
A no mucho tardar, también desfilará por un juzgado el Barenboim de la familia, David Azagra, hermano pequeño del presidente y sorprendente beneficiario de una fantástica serie de casualidades: le regalaron un empleo público en Badajoz, donde hay tortas por verle dirigir a la orquesta autóctona; se empadronó fiscalmente en un pueblo de Portugal; pisa menos la oficina que Pablo Iglesias la peluquería y ha logrado engordar su patrimonio y bienes hasta cifras con cinco ceros en un tiempo en el que su salario solo tenía tres.
En ese mismo contexto hay que ubicar los problemas judiciales de medio PSOE, más escandalosos pero menos vistosos que los anteriores: nada menos que el presunto lucro desbocado de una trama de socialistas de carné o de cartera que se enriqueció, gracias a otros socialistas, mercadeando con mascarillas mientras miles de personas se morían y a millones las confinaban inconstitucionalmente en sus casas.
Ningún presidente del mundo civilizado soportaría ese paisaje sin hacer dos cosas: ofrecer las mejores explicaciones a su alcance y, por la probable falta de solvencia de casi todas ellas, presentar su dimisión urgente para defenderse, si puede, desde fuera.
La reacción de Sánchez, obviamente, ha sido la contraria: poner todo el aparato del Estado, previamente asaltado con un ejército de lacayos, al servicio de una causa corrupta y personal; retorciendo, malversando, pervirtiendo y corrompiendo todo lo que haga falta para lograr la inmunidad e impunidad propias y, además, la represión de quienes simplemente se niegan a asumir ese liberticidio desde el estricto desempeño de sus funciones constitucionales y democráticas.
Para ello, ha convertido al fiscal general del Estado en el abogado de su familia, obligándole a cometer un probable delito para dañar a un rival político. Ha transformado también al Tribunal Constitucional en una ilegal instancia de apelación para anular al Tribunal Supremo, llenándolo de conmilitones salidos del propio Consejo de Ministros, de La Moncloa o del PSOE.
Y tras intentar en vano 'okupar' el Poder Judicial, para que allí todos sean como Conde Pumpido o García Ortiz, ha anunciado un «plan para regenerar la democracia», con la misma autoridad que el asesino y descuartizador marroquí de su antigua pareja y de sus dos hijos para encabezar una cruzada contra la violencia de género.
El nuevo objetivo es la prensa, que no ha dejado de publicar noticias ciertas sobre las andanzas de su entorno, todas sin la réplica judicial que cualquier afectado tiene a su alcance si de verdad se considera víctima de un bulo, una injuria o una calumnia. Ahora la quiere amordazar y asfixiar.
Y lo dice, con el desparpajo habitual, tras haber multiplicado por cuatro el gasto de Rajoy en publicidad institucional para que no les falte de nada a pseudomedios como el encargado de acosar y mentir sobre el juez Peinado. O de haber elevado como nadie el derroche en RTVE para que correveidiles como Intxaurrondo se dediquen a pedirle explicaciones a los periodistas y los jueces en lugar de al presidente sospechoso de todo.
Todo ello conforma el auténtico ecosistema de Sánchez, que es el mismo que para Puigdemont, Otegi o Junqueras: a ellos le da el indulto, la amnistía y dos huevos duros para, al final, concedérselo todo a sí mismo y a todo aquel que le rodee o cumpla sus órdenes sin rechistar. Es otro prófugo de la democracia, pero felizmente se ha topado con hombres valientes como Marchena o Llarena, los Elliot Ness de este aprendiz de Maduro y de Al Capone.
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