
La miserable de Maria Jesus Montero a empujones para salir en la foto junto a los Reyes
Impacto España NoticiasMaria Jesus Montero
Hay imágenes que retratan mejor que cualquier discurso el estado moral de una época. La visita de los Reyes a Adamuz (Córdoba), tras el trágico accidente ferroviario que ha segado varias vidas, debía ser una de esas imágenes de respeto institucional, recogimiento y humanidad. Y lo fue, en lo que a Don Felipe y Doña Letizia se refiere. Pero también dejó otra estampa, mucho más elocuente y profundamente obscena: la de una dirigente política abriéndose paso, literalmente, para colocarse en la foto adecuada mientras aún resonaba el eco de la tragedia.
La escena protagonizada por María Jesús Montero, vicepresidenta primera del Gobierno y ministra de Hacienda, no es una simple anécdota ni un gesto mal interpretado. Es un síntoma. Un síntoma grave de hasta qué punto algunos responsables públicos han perdido cualquier noción de límite, decoro o respeto cuando se trata de ganar visibilidad. En un acto marcado por la muerte, el dolor y el luto, Montero avanzó entre cargos, desplazó a quien se interponía —incluido un compañero de partido— y se situó estratégicamente junto a la Reina Letizia, asegurándose un lugar destacado ante las cámaras.


No fue casualidad. No fue torpeza. Fue cálculo.
El posterior gesto de complicidad, una señal con las cejas dirigida a alguien del entorno, termina de completar una escena que muchos ciudadanos han percibido como miserable: la satisfacción de quien sabe que ha logrado aparecer donde quería aparecer. Todo ello mientras las familias de las víctimas intentan asimilar una pérdida irreparable.
Conviene recordar un dato esencial: María Jesús Montero es la candidata del PSOE a la Junta de Andalucía. Ese hecho convierte su comportamiento en algo todavía más grave. Porque cuando una dirigente en plena proyección electoral utiliza una tragedia como escenario para reforzar su imagen pública, ya no estamos ante una simple falta de sensibilidad, sino ante una utilización política del dolor ajeno.
La indignación ciudadana no surge de la nada. Surge de la reiteración. No es la primera vez que se instrumentaliza una desgracia, una crisis o un conflicto territorial con fines partidistas. No es la primera vez que se confunde la responsabilidad institucional con la propaganda. Y no es la primera vez que el presidente del Gobierno y varios de sus ministros convierten Andalucía en un plató permanente, acumulando fotografías, gestos y presencias calculadas.
Pero hacerlo en un contexto como este traspasa una línea moral que no debería cruzarse jamás.
No todo vale. No todo momento es una oportunidad política. No toda comparecencia admite codazos, movimientos estratégicos o búsqueda de protagonismo. Hay instantes —y una tragedia con víctimas mortales es uno de ellos— en los que la única actitud aceptable es la discreción, el silencio y el respeto. Todo lo demás es indecente.
Lo ocurrido en Adamuz proyecta una imagen devastadora de la política actual: dirigentes más pendientes del encuadre que del contenido, del plano que del duelo, de la foto que de las víctimas. Una política deshumanizada, donde el sufrimiento se convierte en decorado y la tragedia en herramienta de posicionamiento.
El daño no es solo ético, es institucional. Porque cada gesto como este erosiona la credibilidad de las instituciones, alimenta el desprecio ciudadano y refuerza la idea de que la clase política vive en una burbuja moral completamente desconectada de la realidad de la gente común. Cuando los ciudadanos perciben que incluso la muerte puede ser utilizada para hacer campaña, el rechazo es inevitable.
Adamuz merecía respeto. Las víctimas merecían dignidad. Y los cargos públicos, especialmente los de mayor rango, tenían la obligación de comportarse con la altura que exige el cargo que ocupan. Lo que muchos vieron, en cambio, fue ambición desatada, oportunismo y una alarmante ausencia de escrúpulos.
La política española no necesita más fotos. Necesita límites. Necesita decencia. Y necesita dirigentes capaces de entender que hay momentos en los que hacerse a un lado no es debilidad, sino la única forma posible de estar a la altura.
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