Yo, Cándido
"el señor Conde-Pumpido debería aceptar que aquellas sentencias de los ERE representaron la impunidad de delitos muy graves, algo que supuso el incumplimiento de la obligación de España con la UE. Por tanto, sería saludable que se callase para no desmerecer aún más. Al mismo tiempo evitaría que el órgano que preside siga en la carrera del desprestigio"
"A mí no me juzga nadie!". Esto es lo que, según fuentes de todo crédito, Cándido Conde-Pumpido gritó cuando leyó, que la Sección 1ª de la Audiencia Provincial de Sevilla había decidido plantear una cuestión prejudicial ante el Tribunal Superior de Justicia de la Unión Europea (TJUE) a propósito de las sentencias del Tribunal Constitucional que estimaron los recursos de los condenados en el proceso de los ERE.
El fondo del asunto es que el tribunal andaluz entiende que la postura del Constitucional, al anular las condenas por prevaricación y reinterpretar el delito de malversación de caudales públicos, suplantando las funciones del Tribunal Supremo, podría incumplir las exigencias internacionales en la lucha contra la corrupción política, lo que es incompatible con el Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea.
Tras el preámbulo, comienza el relato.
El martes, 18 de marzo, de este mismo año, festividad de san Cirilo, obispo de Jerusalén, que sufrió tres veces el exilio por su vigorosa defensa de la fe, el gran Cándido se dirigió a sus colegas y ciñéndose la toga, la de torear la ley, la de sentenciar fechorías, la de envolver en raso y terciopelo los aprietos judiciales de amigos y políticos afines, les dijo con gesto descompuesto y voz desgarrada:
Lo que ha hecho la Audiencia de Sevilla es intolerable. Tenemos que hacernos valer. Esos magistrados están jugando con fuego y podemos quitarles la carrera con suma facilidad. Nosotros somos intocables. No hay quien mueva nuestras sentencias.
¿Nadie, presidente?
Nadie. Ni dios. Menos todavía, ese tribunal europeo de chichinabo.
¿Y la historia? De ninguna manera. Ni pensarlo.
Este artículo podría haberse titulado Yo soy el Supremo, o crónica de cómo un juez se cree el altísimo, pero si al final deseché este rótulo fue por no dar pie a que alguien me saliera con que había copiado el Yo el Supremo, de Augusto Roa Bastos o, cosa peor, que se comparase al excelentísimo señor don Cándido Conde-Pumpido Tourón con Gaspar Rodríguez de Francia, aquel dictador de Paraguay que era un loco monomaniaco, fanático y cruel.
Sigue la narración.
Escuchadnos con atención, juececillos andaluces. No despreciéis nunca a este tribunal de tribunales. Desobedecernos será para vosotros la peste; todas las enfermedades posibles caerán sobre vuestras cabezas; nuestra corte de incondicionales suplicará al cielo que las siete plagas asolen ese tribunal de rebeldes.
El juez don Cándido siempre se creyó un sumo hacedor del bien, con olvido de que un juez es un mortal en medio de los demás mortales para hacer una justicia a medida de los mortales. Cuando un juez se siente depositario de los intereses de quienes mandan, la justicia chirría en sus goznes.
Por ejemplo, si un juez piensa que el favor y la gracia le dispensa de la obligación de investigar los delitos y castigar a sus responsables, semejante personaje debe ser cesado fulminantemente, sin formación de causa.
Y es que, a decir verdad, cuesta mucho creer que quien se tiene por jurista de reconocido prestigio sea capaz de sostener que las sentencias del Tribunal Constitucional español son irrefutables dogmas de fe, pese a ser España un Estado de la Unión Europea.
Tan es así que sólo desde la ignorancia del rábula, puede desconocerse el principio de primacía del Derecho de la Unión que significa, lisa y llanamente, que el ordenamiento jurídico comunitario impera sobre cualquier otro de un Estado miembro. O es que don Cándido no sabe que sus sentencias pueden ser revisadas y a menudo lo son, por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos.
Este artículo iba a titularse La fantasía de un pavo real, pero resulta que el director de este periódico me ha quitado la idea porque dice que se parece mucho a uno que hace años Pedro J. Ramírez dedicó a otro juez, mejor, "superjuez", de nombre Baltasar, al que llamó "bicho pintoresco, extravagante, de alas desplegadas en un inmenso abanico".
No obstante, pensándolo bien, la resistencia de don Cándido a que la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el fraude de los ERE sea juzgada por el TJUE, es propia de una persona poco ducha en Derecho de la Unión.
Bastaría conocer la figura de la pirámide normativa de Kelsen, saberse la legislación europea sobre la materia –artículos 267 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea y 2 y 19 del Tratado de la Unión, entre otros– y estar al día de la jurisprudencia del propio TJUE –sirvan, por todas, las sentencias de 5 de junio de 2023 (C-204/2021) y 26 de septiembre 2024 (C-722/2022)–
Para asumir, de un lado, que la supremacía del Derecho de la Unión no obliga a los jueces nacionales a respetar las decisiones de un Tribunal Constitucional cuando son contrarias a aquél y, de otro, que si un tribunal considera que una norma o una resolución judicial nacional se opone a ese Derecho, puede, e incluso debe, dirigirse al TJUE para que éste se pronuncie sobre la compatibilidad de la norma o sentencia cuestionada, que es lo que, con mesura y tino, ha hecho la Audiencia Provincial de Sevilla.
Pues bien, si esto es así de incuestionable, entonces, ¿a qué responde el empecinamiento de don Cándido? ¿Por qué su terquedad en ser el más supremo de los jueces supremos?
La contestación no es fácil. Hay quienes sostienen que siempre fue un juez hinchado de soberbia. Otros apuntan a que el mal proviene de cuando, allá por 1974, en su primer destino de juez en Puebla de Sanabria, provincia de Zamora, soñó que el Espíritu Santo se le aparecía en forma de paloma buchona y le prometió llegar a lo más alto de la carrera a cambio del compromiso de olvidarse de la virtud de impartir recta e imparcial justicia y, en su lugar, prestar torcidos y doblegados servicios.
San Cirilo, el obispo, el del 18 de marzo, decía que un juez enviado del cielo no puede pecar, pero esto era una ingenuidad del santo, tan aficionado él a jugar con las palabras. Todos los jueces pecan, unos más que otros. Los hay que lo hacen venialmente y otros mortalmente.
Un momento, que siempre ha habido clases. Los jueces que usamos togas confeccionadas con la túnica del todopoderoso nunca pecamos porque es inconcebible que, en nuestra infinita grandeza, podamos ofender al cielo. Creer que yo puedo pecar es pecado de estulticia de quien así piense.
¿Algo más, don Cándido?
Sí. Que mi conciencia está limpia. Yo soy el mejor magistrado que ha parido el escalafón. Incluso soy más bueno que justo y nada importa que no se me reconozca porque lo que prevalece es mi conciencia.
El magistrado don Cándido no puede decir esto. Ni a los jueces de Sevilla, ni a sus compañeros del Tribunal Constitucional que le siguen la corriente, pues significa reconocer que él hace con la ley lo que le sale por las cinco espitas del cuerpo. Nunca hay que parapetarse en la conciencia sino vaciar la verdad por la boca. Una confesión debe hacerse en toda regla y no entre dientes; también con los pies desnudos sobre la tarima del estrado.
Este artículo podía haber tenido por título Oyendo al príncipe de las mareas o el deshonor de ciertas señorías, pero al final renuncié a él para que no se pareciera al de un corto cinematográfico que recientemente ha obtenido el primer premio en un festival doméstico de arte y ensayo, aparte de que el editor del texto me dijo que al ser tan largo podía deslucir el contenido.
El narrador vuelve al hilo de su historieta para, como primera entrega, concluirla. Después de darle vueltas y más vueltas a la situación y estudiar sesudos dictámenes de expertos en la materia, al parecer don Cándido no está dispuesto a dar su brazo a torcer y pretende justificar su enroque con unos informes de complacencia que le harían un par de escribanos de cámara.
Para mí que el señor Conde-Pumpido debería aceptar que aquellas sentencias de los ERE representaron la impunidad de delitos muy graves, algo que supuso el incumplimiento de la obligación de España con la Unión Europea de castigar todo tipo de fraude que afecte a sus intereses financieros y combatir la corrupción.
Por tanto, sería saludable que se callase para no desmerecer aún más. Al mismo tiempo evitaría que el órgano que preside siga en la carrera del desprestigio. No se olvide que cuando un tribunal vive en el descrédito durante mucho tiempo, después es enormemente difícil recuperar la reputación perdida.
Don Cándido, ¿quién dijo aquello de que la gloria no es sino el rumor del viento en los oídos?
¿Shakespeare?
No.
¿Cela?
Tampoco. Éste fue el que escribió que algún juez debería llevar una lucecita en mitad del entrecejo para avisar del peligro.
Nota de alcance, a modo de epílogo. Me confirman que don Cándido está muy tocado con la resolución de la Audiencia Provincial de Sevilla, que se pasa las noches en vela y que vive en un sinvivir. Sobre todo ante la probable réplica del Tribunal Supremo en el supuesto de que se estime el recurso de amparo del prófugo Puigdemont contra la no aplicación de la Ley de Amnistía. A lo mejor es que ya adivina que va de perdedor.
Segunda nota de alcance. En círculos judiciales se rumorea que don Cándido ha pensado irse de España si fracasa en el empeño. Incluso en algunos programas de debate, tertulianos bien conocedores del mundo de los tribunales han llegado a sostener que lo hará si el Tribunal de Justicia de la Unión Europea termina corneándole en la femoral.
A mí me parece que abandonar tu país no es pecado si crees que la huida es un punto de contrición con el que puedes salvar el alma. A los vencidos no hay que desahuciarlos, basta con ponerlos en el camino del exilio.
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