Nacional SP 09 de septiembre de 2026

El nerviosismo del sistema ante el auge del soberanismo en España

Los movimientos radicales de izquierda observan con desesperación cómo pierden el monopolio de la movilización popular y de la contestación frente a las élites

Hay algo que debería hacer reflexionar a cualquiera que contemple la política española sin anteojeras: cuanto más crece el soberanismo a través de sus distintas vertientes —Vox, SALF, Iustitia Europa, Falange etc.— más enemigos aparecen dispuestos a combatirlo. Los estamentos tradicionales del poder observan con pánico cómo las corrientes que defienden la primacía de la soberanía nacional frente al globalismo y al centralismo burocrático de Bruselas ganan terreno de manera acelerada.

Los estrategas del sistema bipartidista PPPSOE, los separatistas y los grandes difusores de opinión asisten con temor a este fenómeno político. Tienen el precedente de lo que está ocurriendo en el resto de Europa. Países como Francia, Italia, Alemania, Hungría o los Países Bajos ya han experimentado giros históricos donde el arraigo identitario y la soberanía real han desplazado a las viejas fórmulas de las alternancias de los socialdemócratas y de la denominada democracia cristiana.

Temen que en España, y con razón, pase lo mismo. Y han tocado a arrebato. Lo más llamativo de esta ofensiva concertada estriba en que no todos los ataques proceden de la extrema izquierda, del Gobierno o de los medios tradicionalmente hostiles. Otros vienen de círculos cercanos al PP, de la famosita «derechita cobarde», confirmando que la defensa del orden establecido une a actores aparentemente antagónicos.

Quiénes temen realmente el despertar de la soberanía nacional

El soberanismo está creciendo y eso preocupa. No se trata de una alarma infundada, sino de una inquietud estratégica que comparte la totalidad del abanico institucional que ha regido el país durante las últimas décadas. Preocupa a la extrema izquierda, naturalmente. Sabe que los soberanistas sí les van a combatir, que no están acomplejados y que van a dar la batalla cultural y política.

Los movimientos radicales de izquierda observan con desesperación cómo pierden el monopolio de la movilización popular y de la contestación frente a las élites, descubriendo que las nuevas generaciones y los sectores vulnerables ya no compran sus viejos dogmas sectarios ideológicos.

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Asimismo, este ascenso sacude los cimientos de la Moncloa y de las sedes de los partidos mayoritarios. Preocupa al PSOE y al gobierno porque sabe que el soberanismo representa exactamente lo contrario de buena parte del proyecto ideológico desarrollado durante estos años, del bipartidismo PP-PSOE, de la alternancia, de cambiar de gobierno para no cambiar nada.

El modelo actual se fundamenta en una alternancia de siglas que, en la práctica, mantiene intactas las agendas globales, las leyes ideológicas de ingeniería social y las cesiones ante el separatismo y los organismos supranacionales. El soberanismo rompe esta inercia al plantear una enmienda a la totalidad.

Pero también preocupa a determinados sectores próximos al PP, porque cuanto más fuerte sea el soberanismo menor será la capacidad de los populares para gobernar sin condiciones y regresar tranquilamente a esa política bipartidista de consensos que tantas veces hemos denunciado. La perspectiva de un centroderecha obligado a pactar con el soberanismo y a asumir principios firmes perturba a quienes aspiran a una gestión puramente globalista y tecnocrática.

Las estructuras ocultas detrás del consenso institucional

La alarma va mucho más allá de los despachos de los secretarios generales o de los portavoces parlamentarios de las formaciones políticas. Y preocupa, además, a quienes llevan años viviendo confortablemente detrás de determinadas estructuras políticas, mediáticas e institucionales – los que los americanos llaman el Estado profundo-, esto es, el gran capital, los fondos de inversión, los grandes factores de poder que han controlado siempre a los partidos desde la sombra.

 Estas corporaciones y agencias financieras necesitan un entorno predecible y dócil para operar. El diseño de alternancia controlada les garantiza que, independientemente del resultado de las urnas, sus intereses globales, sus cuotas de mercado y sus directrices ideológicas permanecerán a salvo de cualquier interferencia popular.

Al percibir una amenaza real a este engranaje de privilegios, los gestores del sistema activan de inmediato sus mecanismos de defensa.

Por eso empiezan los ataques por una doble vía. El aparato institucional despliega una pinza estratégica muy clara. Por un lado, están intentando domesticar al soberanismo, quieren que entre en el sistema (es muy tentador que te toque un «trozo de la tarta»). Son los cantos de sirena. Les dicen: «Desde dentro podéis hacer muchas cosas, incluso cambiarlo, pero siempre en el sistema».

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Buscan la asimilación institucional, la moderación estética y el abandono de las banderas más conflictivas a cambio de poltronas, visibilidad mediática regulada y recursos económicos. Saben que la burocracia de los partidos tiende a aburguesar a los dirigentes. Por otro lado, si la seducción fracasa, aplican la fuerza bruta: el ataque para intentar diezmar las fuerzas del soberanismo, incluso se plantean su ilegalización. La maquinaria judicial, los cordones sanitarios en los medios de comunicación y la asfixia financiera constituyen las herramientas habituales para neutralizar el peligro exterior.

La falsa disidencia y los guardianes de las esencias

En medio de esta tormenta ideológica, caen las máscaras de múltiples colectivos que fingían oponerse al rumbo actual de la nación. Resulta particularmente llamativo contemplar cómo determinados personajes, asociaciones o plataformas que se presentan ante la opinión pública como guardianes de las esencias patrióticas descubren repentinamente que su principal problema es el soberanismo.

En lugar de dirigir sus esfuerzos contra la demolición institucional o los pactos con el separatismo, estas terminales dedican su tiempo y sus recursos a sembrar la sospecha sobre las fuerzas soberanistas emergentes. Prefieren la seguridad de una oposición controlada y bien remunerada dentro del esquema tradicional antes que la incertidumbre de una verdadera transformación estructural.

El sistema está nervioso, muy nervioso porque el soberanismo amenaza con convertirse en una fuerza de verdadero cambio. Y ésa es probablemente la cuestión fundamental. Los analistas oficiales admiten en privado que las viejas recetas de distracción ciudadana ya no surten el efecto deseado. Una cosa es permitir que el soberanismo exista cuando es pequeño y marginal; es bueno, así hay sensación de democracia. El régimen actual tolera de buen grado la disidencia testimonial controlada porque le sirve para legitimarse ante el exterior como un sistema plural y abierto.

Otra muy distinta es aceptar que tenga suficiente fuerza para ser alternativa y romper el sistema bipartidista. Cuando los números cuadran, cuando las urnas reflejan una corriente capaz de disputar el timón del Estado, el simulacro democrático termina y el sistema muestra su verdadero rostro represivo y excluyente. El soberanismo español afronta hoy su mayor prueba de resistencia frente a un entramado dispuesto a todo para evitar su propia extinción.

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