
La falacia total de una ONU que fracasó en todos sus objetivos
Afirmar que la detención del criminal Nicolás Maduro "socava un principio fundamental del derecho internacional" es reconocer a la dictadura como el gobierno legítimo de Venezuela
"La restauración de los bandos de la guerra civil, ambos desde luego bastante maltrechos, es una exclusiva del sanchismo, igual que la exhumación de Franco, de quien ni siquiera la familia se acordaba con mucho detalle"
Opinion 09 de enero de 2025 Fernando Savater
No tener ni curiosidad por cómo se dieron las campanadas de fin de año en las diferentes cadenas de televisión tiene sus inconvenientes, pero también algunas ventajas: le impide a uno discutir con sus contemporáneos sobre los méritos comparados del uniforme de la Pedroche sobre el fino humor de la Bitelchús o como se llame la tía gorda esa, pero nos deja más tiempo para meditar sobre la cuestión trascendental de los propósitos que hacemos para el nuevo año.
Seamos sinceros, por loables que sean esos compromisos con nosotros mismos sabemos muy bien que no vamos a cumplirlos. Lo inequívocamente ocurrido en años anteriores no deja duda al respecto. Hacemos propósitos meritorios y beatíficos como quien hace pompas de jabón, sin esperar que nos acompañen más que por unos pocos segundos.
En el fondo no queremos realmente mejorar, nos conformamos con durar, con seguir siendo los mismos que hasta ahora sin más perjuicios de los habituales. ¿Dónde vamos a encontrar defectos mejores que los que ya tenemos?
Entonces, en el tiempo libre que me dejaba haber renunciado a oír campanas y no saber dónde, se me ocurrió una idea cuya perversidad la hizo irresistible. Era inútil tener buenos propósitos, puesto que la experiencia demostraba que nunca podían cumplirse, pero… ¿y si me hacía malos propósitos?
Ya que la ambición cobarde de mejorar nunca era efectiva… ¿por qué no sustituirla por algo más verosímil y tentador, el deseo de empeorar? ¡2025, año de la atracción del abismo! Hace unos días volví a ver la película de Víctor Fleming El doctor Jekyll y mister Hyde, en la que el gran Spencer Tracy hace ambos papeles. Cuando se transforma en el malvado Hyde, su rostro bondadoso y acogedor se transforma en una máscara de brutalidad cínica propia de un político de la reciente cosecha.
Pues yo me miré desafiante en el espejo, ejercicio que prudentemente suelo rehuir, y traté de convulsionar mi cara bobalicona al modo patentado por Spencer Tracy. ¡Malos propósitos, peores propósitos! ¡Brrr..! No lo conseguí, pero me hice una idea.
¿Cuál es el peor rasgo de nuestro país, en cuya denuncia coinciden tanto la derecha como la izquierda? Sin duda, por lo que oigo, la polarización, el apocalipsis ideológico, la pasión que hace negar el pan y la sal al adversario. Vivimos en un país tan maniqueo que hasta el mismísimo Zoroastro hubiera preferido ser equidistante.
De modo que el mejor propósito para el año 2025 debería ser templar el ánimo y procurar ser más comprensivos con quienes discrepan de nosotros. ¡Ah, pues esta es mi ocasión de romper con el aborrecible espíritu tolerante! No me propongo en los meses venideros disminuir el radicalismo de mis opiniones, sino que pienso llevarlo al máximo.
Nietzsche dijo que no era un hombre, sino dinamita: pues bien, a mí la dinamita se me queda corta, soy un cóctel de trinitotolueno, fentanilo y botellón de orujo. Me niego a descartar la polarización como si ambos polos fueran igualmente rechazables. Ya padecí a esos antipolistas que durante la ola de crímenes en el País Vasco rezongaban «es que entre los unos y los otros…», como si los etarras y la Guardia Civil fuesen polos de la misma categoría.
No, señores míos y sobre todo señoras ajenas, un polo es positivo y, por tanto, aceptable, recomendable, y el otro negativo y perjudicial.
Si admitimos que todos los polos son iguales, estamos ayudando al poder establecido, al autoritarismo gubernamental, que es el que ha creado el enfrentamiento como única ideología para quienes, Antonio Machado dixit, no utilizan la cabeza para pensar sino para embestir.
La restauración de los bandos de la guerra civil, ambos desde luego bastante maltrechos, es una exclusiva del sanchismo, igual que la exhumación de Franco, de quien ni siquiera la familia se acordaba con mucho detalle.
Si se suprime a Sánchez, políticamente hablando, claro, (aunque algunos de sus hoy aliados oportunistas le daban al verbo «suprimir» un sentido más hemoglobínico), no sólo se suprime un polo sino los dos: de modo que negarse a contemporizar con ese felón no es una muestra de intransigencia, sino de salud mental. Fraccionar España en califatos regidos por palurdos infectados de falsa historia y real egoísmo sectario es una canallada política propia de bandoleros, no de gobernantes.
Y tan repudiable es la coalición que hoy usurpa torticeramente el poder como los mamelucos que pintan florecitas en las botas de quienes nos pisotean, desde los editorialistas de El País y los berreadores de la SER hasta los bichejos que se revuelcan en la Sexta y sitios así.
A raíz de una polémica no muy ilustre en torno a una estampita aparecida en las campanadas de TVE 1, Jordi Évole ha proclamado «¡Viva todo lo que significa Bitelchús (o Lapachús o Marichús, como sea)!». Pues bien, que nuestra voz de combate sea:
«¡Fuera todo lo que significa Bitelchús y sobre todo Jordi Évole!». Y no es que nos hayamos vuelto antisistema, sino que el sistema sanchista es evidentemente antinosotros…
De modo que mi mal propósito de 2025 es aumentar cuanto pueda la ferocidad de mi polarización, que ya tantos me reprochan (hasta hay un buen señor que ha escrito todo un libro sobre el tema). Pero, pensándolo bien, ¿no resultaría finalmente demasiado cansado tanto bramido?
Hacer mucho caso a lo público sin verdadera vocación redentora le deja a uno para el arrastre. Quizá sea mejor dedicarse con mayor entusiasmo a los vicios privados, esos que los puritanos y los higienistas nos desaconsejan. Ayer almorcé en un restaurante italiano bajo unos azulejos donde se leía: «Bacco, tabacco é venere riduce l’uomo in cenere». Pues muy bien, serán cenizas, pero tendrán sentido… Feliz 2025.
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