
A los corruptos, de UGT Comunica y CCOO ya nadie le sigue ni les cree
Impacto España Noticias
Este 1º de mayo, jornada tradicionalmente dedicada a la reivindicación de los derechos laborales, ha dejado una imagen que debería hacer reflexionar —o sonrojar— a las cúpulas de los grandes sindicatos en España. Mientras en Madrid se logró reunir a unas 12.000 personas, en Sevilla la cifra apenas superó el millar.
Los otrora poderosos UGT y CCOO ya no son capaces de movilizar ni a sus propios afiliados. El descrédito es tan profundo que incluso sus intentos de alzar la voz son recibidos con indiferencia o desprecio.
Un fracaso de convocatoria que refleja una crisis estructural
No se trata solo de números: se trata de lo que esos números dicen. Una diferencia tan abismal entre dos ciudades tan importantes no es una simple casualidad logística. Es el síntoma visible de una enfermedad profunda: el divorcio entre los sindicatos tradicionales y la ciudadanía a la que supuestamente representan.


En Sevilla, una ciudad con una larga historia de luchas obreras, apenas mil personas consideraron relevante salir a manifestarse bajo las siglas de UGT y CCOO. ¿Dónde están los miles de trabajadores afectados por contratos basura, sueldos de miseria o condiciones laborales precarias? La respuesta es dura pero evidente: están en sus casas, hartos de un sindicalismo burocratizado, clientelar y cómplice del poder político.
UGT y CCOO: ¿Defensores del obrero o correa de transmisión del sistema?
Durante décadas, estos sindicatos han acumulado poder, subvenciones y estructuras pesadas que los han convertido más en apéndices del Estado que en verdaderas organizaciones de lucha. Han firmado reformas laborales lesivas, pactado recortes y protagonizado escándalos de corrupción que han enterrado su legitimidad moral.
Casos como el de las tarjetas black, los cursos de formación fraudulentos en Andalucía o los convenios a medida para grandes empresas han alimentado la percepción de que UGT y CCOO ya no defienden a los trabajadores, sino a sí mismos. En muchos centros de trabajo, la figura del delegado sindical se ha vuelto irrelevante, cuando no directamente hostil.
El sindicalismo combativo, independiente y de base está siendo asfixiado por un modelo que premia la sumisión institucional y penaliza la confrontación real. ¿Cómo va a confiar un joven precario o un autónomo explotado en organizaciones que se sientan en las mesas del poder pero no pisan los piquetes?
Sin propuestas laborales, solo discurso ideológico vacío
Pero lo más revelador —y alarmante— de este 1º de mayo fue el contenido de los discursos. Lejos de presentar propuestas concretas para mejorar la vida de los trabajadores, los portavoces sindicales optaron por centrar su intervención en cuestiones puramente ideológicas y ajenas a la realidad laboral española.
En vez de hablar de convenios, de brecha salarial, de temporalidad, de derechos colectivos o de cómo frenar la precariedad creciente, se dedicaron a lanzar críticas genéricas contra líderes extranjeros como Javier Milei o Donald Trump, a alertar sobre un supuesto "resurgir del fascismo", y a repetir mantras políticos que podrían haber sido pronunciados en un mitin de partido.
¿Dónde estaban las exigencias concretas al Gobierno español? ¿Dónde las propuestas para mejorar los sueldos, reducir la jornada, o proteger a los falsos autónomos? Silencio. Porque ya no se lucha por los trabajadores: se hace política desde el confort de la subvención.
Madrid no es la excepción, es el último bastión
Muchos intentarán usar los 12.000 manifestantes de Madrid como argumento para negar la crisis. Pero incluso esa cifra —modesta para una ciudad de más de tres millones de habitantes— es más bien el último aliento de una estructura que se desmorona. La participación en la capital se mantiene artificialmente gracias a la concentración de sedes sindicales, funcionarios afiliados por inercia y estrategias de movilización que ya no convencen a nadie fuera del núcleo duro.
Incluso en Madrid, la mayoría de asistentes son personas mayores, cuadros intermedios del sindicato, o trabajadores públicos a los que se les garantiza cierta cobertura si acuden. Los jóvenes brillan por su ausencia. El sindicalismo actual no representa sus intereses ni su realidad.
Una oportunidad para el cambio… si se tiene el valor
La debacle no es definitiva, pero sí clara. Si UGT y CCOO no emprenden una reforma radical de su estructura, su discurso y sus métodos, serán barridos por la historia. La sociedad española ha cambiado. La clase trabajadora no es solo la de la fábrica o la oficina pública: hoy hay riders, freelancers, falsos autónomos, becarios eternos y trabajadores pobres con contratos basura en plataformas digitales.
Para recuperar su legitimidad, el sindicalismo necesita volver a la calle, pero no solo el 1º de mayo. Debe recuperar el conflicto, el contacto real con los trabajadores y, sobre todo, desprenderse de sus privilegios y su connivencia con el poder político. Sin eso, seguirán llenando auditorios vacíos, convocando manifestaciones desiertas y firmando comunicados que nadie lee.
La gente ya no les cree
Los datos no mienten. En Sevilla, en Madrid, y en muchas otras ciudades de España, los sindicatos mayoritarios han dejado de ser referentes. Son vistos, en el mejor de los casos, como estructuras ineficaces; en el peor, como organizaciones corruptas al servicio de sí mismas. Han perdido la calle, la credibilidad y, lo más grave, el respeto de quienes deberían defender.
Y mientras ellos siguen atrapados en su inercia institucional, los trabajadores están buscando —o creando— nuevas formas de organización. Porque el sindicalismo no ha muerto. Lo que agoniza es una forma vieja, desgastada y traicionera de ejercerlo.
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