
Adif compró piedra no homologada para el AVE a la cantera en la que trabajaba la mujer de Koldo García
Impacto España Noticias
La adjudicación por parte de Adif de contratos millonarios para el suministro de balasto destinado a la alta velocidad ha desatado una profunda polémica que pone en cuestión la gestión del Gobierno presidido por Pedro Sánchez y, en particular, los controles de legalidad, transparencia y calidad en una infraestructura crítica como el AVE.
Los hechos conocidos dibujan un escenario preocupante: material presuntamente no homologado para líneas de alta velocidad, vínculos personales con el entorno del poder político y decisiones administrativas que, como mínimo, merecen una explicación exhaustiva ante la ciudadanía.
El contrato y sus protagonistas
En 2022, Adif adjudicó un contrato de más de cinco millones de euros para el suministro de balasto a una Unión Temporal de Empresas (UTE) en la que figuraba Áridos Anfersa. En ese mismo periodo, la esposa de Koldo García —exasesor de José Luis Ábalos cuando este era ministro de Transportes— trabajaba para dicha empresa.
Koldo García no es un nombre menor en el entramado político-administrativo de los últimos años. Su cercanía a Ábalos y su posterior aparición en investigaciones judiciales relacionadas con contratos públicos han situado cualquier actuación vinculada a su entorno bajo un lógico escrutinio público. Que una empresa relacionada laboralmente con su familia resultara adjudicataria de un contrato tan sensible exige, por sí solo, un nivel de transparencia que hasta ahora no se ha producido.
La cuestión clave: la homologación del balasto
El balasto es un elemento esencial de la infraestructura ferroviaria. En líneas de alta velocidad, su calidad y certificación no son un mero trámite burocrático: garantizan estabilidad, seguridad y durabilidad de la vía. La normativa interna de Adif y los pliegos técnicos exigen que el material proceda de canteras homologadas específicamente para este uso.
Sin embargo, la cantera de la que procedía el balasto suministrado en este contrato no figuraba en el registro de proveedores homologados para alta velocidad en el momento de la adjudicación. Este extremo fue denunciado por empresas competidoras que sí cumplían los requisitos técnicos y que alertaron de que el material ofertado no reunía las certificaciones exigidas.
La pregunta es inevitable: ¿por qué se adjudicó un contrato de estas características sin que conste la homologación requerida? Y, aún más grave, ¿por qué no se activaron los mecanismos de control interno que deberían haber detectado esta irregularidad antes de firmar el contrato?
Responsabilidades políticas y administrativas
Adif depende orgánicamente del Ministerio de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana, y por tanto del Gobierno de Pedro Sánchez. Aunque la adjudicación concreta se realice a través de órganos técnicos, la responsabilidad última de garantizar procedimientos limpios y rigurosos recae en la cúpula política.
En este punto, resulta ineludible mencionar a Óscar Puente, actual ministro de Transportes y máximo responsable político del departamento del que depende Adif. Aunque Puente no ocupaba el cargo en el momento exacto de la adjudicación del contrato, sí es hoy el responsable de dar explicaciones, ordenar auditorías internas y depurar responsabilidades si se confirma que se vulneraron los requisitos técnicos exigidos.
La continuidad institucional no puede servir como coartada. Un ministro no hereda solo competencias, sino también la obligación de aclarar las decisiones adoptadas bajo su paraguas administrativo. El silencio o la minimización de los hechos por parte de Óscar Puente contribuyen a una percepción de impunidad y falta de voluntad política para esclarecer lo ocurrido.
Durante años, el actual Gobierno ha hecho de la bandera de la regeneración democrática y la lucha contra la corrupción uno de sus principales discursos. Casos como este erosionan seriamente esa narrativa. No se trata solo de una posible irregularidad administrativa, sino de la sensación de que existen dobles estándares: uno estricto para unos licitadores y otro laxo para empresas con conexiones personales o políticas.
Seguridad, dinero público y confianza ciudadana
Hasta la fecha no se ha demostrado que el uso de este balasto haya provocado accidentes o fallos graves en la infraestructura. Pero reducir el debate a la ausencia de consecuencias inmediatas sería un error. El problema es estructural: el dinero público debe gestionarse con el máximo rigor, y la seguridad ferroviaria no admite atajos ni excepciones.
Además, la confianza ciudadana en las instituciones se resiente cada vez que surgen indicios de trato de favor o de relajación de los controles cuando hay nombres políticamente sensibles de por medio. En un contexto de inflación, presión fiscal y dificultades económicas para millones de ciudadanos, resulta especialmente sangrante que se asuma cualquier riesgo innecesario en contratos públicos millonarios.
La necesidad de explicaciones claras
El Gobierno de Pedro Sánchez y la dirección de Adif siguen sin ofrecer una explicación detallada y convincente sobre por qué se aceptó balasto de una cantera no homologada para alta velocidad, ni sobre qué medidas se han adoptado para depurar responsabilidades. El silencio o las respuestas genéricas no bastan.
Este caso exige una auditoría completa, la publicación de todos los informes técnicos y administrativos relacionados con la adjudicación y, si procede, responsabilidades políticas. No por revancha partidista, sino por higiene democrática.
La compra de balasto no homologado para el AVE, en un contrato vinculado al entorno personal de un exasesor ministerial, es un síntoma alarmante de cómo se están gestionando algunos resortes del poder bajo el actual Ejecutivo. Pedro Sánchez llegó al Gobierno prometiendo ejemplaridad y transparencia. Hoy, casos como este obligan a preguntarse si esas promesas se han quedado en palabras.
La alta velocidad española es un símbolo de modernidad y excelencia técnica. Mantener ese prestigio pasa por algo tan básico como cumplir las normas, sin excepciones y sin nombres intocables. Cualquier otra cosa es una falta de respeto al interés general y a los ciudadanos que financian estas infraestructuras con sus impuestos.
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