
Ay, Macarena

Vayan por delante mi simpatía y mi afecto personal por Macarena Olona, esa extraordinaria parlamentaria de estilo incisivo, fuerza dialéctica, riqueza léxica y coraje político sobradamente demostrados en sus enfrentamientos con diversos ministros y ministras del Gobierno de Sánchez a los que vapuleaba a placer en intervenciones -algunas verdaderamente magistrales- que adornaban las sesiones de control en el hemiciclo del Congreso, foro por lo general tedioso y plagado de mediocridad.
Olona padeció en su momento un fenómeno que, aunque no es exclusivo de la esfera política, sí se manifiesta en ella con especial crueldad: el éxito, lejos de garantizar la admiración, el apoyo y las recompensas que serían lógicas una vez limpiamente obtenido, es objeto paradójicamente en no pocas ocasiones de severo e inmisericorde castigo.
Sea porque el líder se siente amenazado por un subordinado emergente, sea por los celos y envidias de los compañeros de filas, sea por los ataques aviesos de los adversarios, la figura política que destaca sobre la masa gris circundante, que demuestra inteligencia, erudición, brillantez y valentía, corre indefectiblemente el riesgo de ser derribada del caballo antes de que su manifiesta superioridad la eleve a las máximas responsabilidades en su partido o en las instituciones.
Si hemos de buscar un paralelismo con el caso de Macarena Olona en el Grupo Parlamentario Popular lo encontramos en Cayetana Álvarez de Toledo, una diputada excepcional cuya manifiesta e indisimulable superioridad intelectual y oratoria respecto a la media la ha condenado al ostracismo interior.
Cuando Olona quedó atrapada en la trampa de las elecciones andaluzas y su resultado muy por debajo de las expectativas creadas, junto con una campaña pésimamente planteada, la empujaron a darse de baja en Vox y a emprender un nuevo camino, algunos le aconsejamos públicamente que olvidara la política durante un tiempo, que volviese a su profesión en la Abogacía del Estado, que se dedicase a disfrutar del calor de su familia y de la compañía de sus amigos, sin dejar por ello de mantener alto su perfil como conferenciante y activista social, lejos siempre, por supuesto, de cualquier connotación partidista.
Dada su juventud, seguramente le hubieran llegado en el futuro interesantes oportunidades en coyunturas más favorables para dar salida a su intensa vocación de servicio a su país en funciones destacadas dentro del poder legislativo o ejecutivo. Lamentablemente, para su prestigio e imagen no ha querido escuchar aquellas recomendaciones, hechas con la mejor de las intenciones y pensando exclusivamente en su bien.
Lejos de ello, se lanza ahora a la aventura incierta de encabezar una formación política de inédito cuño de manera escasamente convincente y con mínimas posibilidades de conseguir objetivos reseñables.
En España, el eje extrema izquierda-izquierda-centro izquierda-centro-centro derecha-derecha-extrema derecha está hoy por hoy perfectamente distribuido sin que quepan nuevos inquilinos. El PP, tras la desaparición de Ciudadanos, cubre elásticamente las tres posiciones centrales, el PSOE la izquierda, Sumar con o sin Podemos la extrema izquierda y Vox la derecha.
La extrema derecha, salvo irrelevantes grupúsculos grotescos y marginales, no existe en nuestro país por mucho que se empeñen Sánchez y sus corifeos. Por consiguiente, no queda hueco para una propuesta bicolor, transversal y social, signifiquen lo que signifiquen estos apelativos polivalentes, que será sepultada el 23 de julio bajo el alud de una rabiosa polarización incentivadora del voto útil.
Si Macarena Olona cree que su marcada personalidad unida al recuerdo de sus momentos estelares en la Carrera de San Jerónimo, será suficiente para lograr un escaño en la circunscripción granadina peca de optimismo excesivo.
La ley d´Hondt es implacable y siete sillones no dan para que una opción por estrenar de la que pocos electores verán el sentido, alcance uno. Su única posibilidad hubiera estado en presentarse por Madrid donde treinta y siete escaños y el umbral mínimo del 3% quizá podían haberle proporcionado una oportunidad. La decisión de concurrir por Granada es un error que demuestra que ha perdido la perspectiva o que está mal asesorada.
Si la alicantina Olona cree que su gesto quijotesco de intentar ganar un escaño en la tierra de Federico, de suave fragancia, de sangre y de sol, conmoverá el corazón de sus naturales, es que no los conoce. En cuanto a su peregrina idea de someter a referéndum la disyuntiva monarquía-república demuestra, y lo diré de forma deliberadamente suave, que en estos momentos no se encuentra en las adecuadas condiciones de equilibrio psíquico.
Nuestra tan justamente jaleada y querida Macarena en un pasado aún reciente, no sólo no le va a dar alegría a su cuerpo embarcándose en una empresa tan absurda y extemporánea como estéril, sino que validará la sabia observación de los autores trágicos griegos de que los dioses ciegan a aquellos a los que quieren perder.
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