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"Toda la vida de las sociedades en las que dominan las modernas condiciones de producción se presenta como una inmensa acumulación de espectáculos. Todo lo que una vez fue vivido directamente se ha alejado en una representación." Guy Debord (1967). La sociedad del espectáculo.
Opinion 02 de julio de 2024 Lisandro Prieto Femenía
Hoy quisiéramos reflexionar en torno al asunto de la imposición de agendas culturales por parte de lo que los teóricos de la Escuela de Frankfurt denominaron “la industria cultural”, refiriéndose a la producción en masa de bienes y servicios culturales que estandarizan y comercializan la cultura, imponiendo lineamientos que moldean la percepción y el comportamiento de nuestras sociedades.
Como marco teórico abreviado, utilizaremos las obras de Max Horkheimer y Theodor Adorno, quienes en su “Dialéctica de la Ilustración” (1944) realizan una brillante crítica sobre cómo la cultura se ha convertido en un producto que tiende a la uniformidad del pensamiento y a la reducción permanente de la capacidad crítica de los individuos y las profundas implicancias que tiene en la valoración ética y moral de cada sociedad.
El término “industria cultural” fue acuñado por los autores precitados para referirse a la producción en masa de lo que hoy muchos llaman “cultura popular”. Básicamente plantean que esta industria no sólo busca ofrecer entretenimiento a cambio de dinero, sino que también cumple una clara función política e ideológica:
"La industria cultural perpetúa la injusticia social en el mismo momento en que promete erradicarla. Se mofa del objetivo del individuo cuando lo incluye en el todo. Este todo se muestra como un fragmento calculado del sistema. Todo se acomoda a la estética del decorado y nada parece tener sentido sin ella" (Horkheimer y Adorno, 1944).
La idea de analizar filosóficamente este asunto concreto de las “bajadas de línea” por parte de las agendas culturales se sustentará en este breve artículo mediante el recorrido histórico de hitos apoteósicos que demuestran cuán potente es la industria cultural para determinar ciertos modos de vida (en ciertos países).
Un primer ejemplo claro lo podemos ver en la propaganda propiciada por el cine de Hollywood durante la Segunda Guerra Mundial. Bien sabemos que la corporación cinematográfica norteamericana jugó un papel crucial en la creación de propaganda a favor de la inversión bélica estadounidense a través de películas como “Casablanca” (1942), la cual es considerada un clásico ineludible del séptimo arte pero que es sin lugar a duda la promoción ideal de la idea americana de patriotismo y sacrificio.
El común denominador de este tipo de películas es moldear la percepción del enemigo y la glorificada intervención militar. Al respecto, Walter Benjamin nos legó en su ensayo “La obra de arte en la era de su reproductibilidad técnica” (1936) un análisis magistral acerca de cómo el cine puede ser utilizado como una herramienta de preciso control ideológico:
"La reproducción técnica del arte cambia la relación de las masas con el arte. [...] La supremacía de la crítica del arte se desplaza del individuo a las masas" (Benjamin, 1936).
Simultáneamente, desde el régimen nazi en Alemania, la industria cultural fue utilizada de manera estratégica para imponer su agenda expansionista, racista, antisemita y belicista.
No olvidemos que Adolfito tenía un ministerio de propaganda, dirigido por el detestable Joseph Goebbels, quien controlaba todos los medios de comunicación y todas las producciones culturales, incluyendo el cine, la radio y la prensa escrita. A través de películas como “El triunfo de la voluntad” (1935) y “El judío eterno” (1940), se promovieron ideales de supuesta superioridad racial y anti judaísmo, reforzando la ideología nazi y justificando la persecución y el genocidio.
Esta instrumentalización de la cultura para fines políticos es un claro ejemplo de cómo los regímenes autoritarios pueden utilizar la industria cultural para moldear la opinión pública y consolidar su poder.
Otro claro ejemplo de imposición cultural masiva fue el efectuado específicamente en la década de 1980 cuando la música pop se convirtió en un vehículo para promover una cultura de consumo desenfrenado al que supuestamente cualquiera podría ingresar.
Agentes serviles a este propósito como Madonna y Michael Jackson no solo vendían sus discos como pan caliente, sino que también imponían modas, actitudes y estilos de vida que incentivaban el gasto superfluo, la materialidad al palo y la superficialidad. Al respecto, no podemos eludir la reflexión de Adorno, quien en su ensayo "Sobre la música popular" (1941), criticó agudamente cómo la música popular está diseñada para ser un producto de consumo que refuerza un tipo de vida conformista:
"La música popular es el producto del proceso social que la hace posible; este proceso también determina su función en la sociedad" (Adorno, 1941).
Es preciso señalar que los rusos no se quedaron atrás, puesto que durante la Unión Soviética, la industria cultural fue empleada como una herramienta crucial para imponer la agenda del Estado y promover la ideología comunista ortodoxa.
Bajo el control del partido, todas las formas de arte y medios de comunicación, incluyendo el cine, la literatura y la música, fueron utilizadas para glorificar el socialismo y sus supuestos logros mediante películas como “Alexander Nevsky” (1938) de Sergei Eisenstein y obras literarias que seguían el estilo del “realismo socialista”, presentaban a héroes proletarios mientras que vilipendiaban a los “enemigos” del comunismo, tanto internos como externos. Este tipo de manipulación de la cultura buscaba crear una imagen utópica del régimen soviético y consolidar el control del Partido sobre toda su población.
Otra gran invasión cultural global estuvo representada por los Westerns, un género televisivo y cinematográfico que tuvo su gloria a mediados del Siglo XX, jugando un papel crucial en la construcción de la identidad estadounidense y la demonización permanente de los nativos americanos.
Recordemos series como “Gunsmoke” (1955-1975) y películas como “The Searchers” (1956) que representaban a los aborígenes como salvajes peligrosos, justificando de alguna manera una expansión territorial violenta muy propia de la tan poco discutida herencia británica imperialista.
Este tipo de productos culturales promueven una visión casi unidimensional y prejuiciosa de los pueblos indígenas, como también la promoción de rasgos y valores propios de la cultura americana tales como el individualismo, la autosuficiencia y la justicia a través de las leyes del duelo y las balas de pistoleros que fumaban como cosacos y se hidrataban a base de whiskey.
Este tipo de producto cultural establecía usos y costumbres mediante la personificación del hombre blanco borracho, hábil para la doma y los duelos, que usa campera de cuero en pleno verano y que de alguna forma representaba el orden y el progreso.
Posteriormente, durante la Guerra Fría, la televisión fue una escuela de promoción anticomunista mediante series como “I Led Three Lives” (1953-1956) y películas como “Invasion of the Body Snatchers” (1956), que reflejaban y alimentaban el miedo a todo lo que tenga que ver con la Unión Soviética, presentando a los comunistas como infiltrados peligrosos que amenazaban el tan soñado “estilo de vida americano”.
Este tipo de narrativas no sólo reforzaba la política exterior de los Estados Unidos, sino que también justificaba la persecución interna de presuntos adeptos al comunista mediante el macartismo.
Tengamos en cuenta la parte que les tocó soportar a los orientales, particularmente durante y después de la Segunda Guerra Mundial, cuando la industria cultural estadounidense utilizó todos sus recursos audiovisuales para imponer agendas contra Japón. Recordemos películas como “Wake Island” (1942) y “Back to Bataan” (1945), las cuales mostraban a los japoneses como seres crueles y deshumanizados, fomentando el odio y el racismo sobre ellos a nivel global.
Décadas más tarde seguía siendo tendencia ponerlos como “los malos”, mediante Rambo: First Blood Part II (1985), perpetuando estereotipos negativos y mostrando a los vietnamitas y otros asiáticos como villanos brutales. Este tipo de productos culturales no sólo pretendían justificar el esfuerzo bélico americano, sino que también perpetuaban estereotipos negativos sobre los asiáticos en general, afectando la percepción pública de las culturas orientales durante décadas y contribuyendo a la discriminación (siempre a flor de piel) en la sociedad estadounidense.
Tampoco debemos olvidar que desde la década de 1970 hasta hace muy poco tiempo, las representaciones del mundo árabe en la televisión y el cine occidental han contribuido a la estigmatización y demonización del Islam.
Programas de televisión como "24" (2001-2010) y películas como "True Lies" (1994) presentan a los musulmanes inexorablemente como terroristas y amenazas a la seguridad global. No hace falta, creo, mencionar que este tipo de narrativas ha servido profusamente para justificar intervenciones militares y políticas de seguridad internacional que rigen hasta nuestros días en territorio de Medio Oriente.
Concretamente en Argentina, durante la dictadura cívico militar (1976-1983), el aparato cultural, totalmente servil a los Estados Unidos, fue utilizado para imponer su régimen mediante una sistemática censura sobre todos los medios de comunicación, el cine y la televisión, controlados al punto de suprimir cualquier forma de disidencia y promover supuestos valores nacionalistas y conservadores.
A través de programas televisivos, noticieros y películas, se difundía una narrativa oficial que glorificaba al ejército y demonizaba a la oposición política, etiquetándolos como “subversivos” y “terroristas”. Esta manipulación cultural ayudaba a legitimar la represión y las violaciones a los derechos humanos cometidas durante este período tan oscuro de la historia argentina.
“La simulación ya no es esa de un territorio, de un ser referencial, de una sustancia. Es la generación por los modelos de un real sin origen ni realidad: un hiperreal” (Baudrillard, Cultura y Simulacro, 1981).
Como hemos podido apreciar, caros lectores, la industria cultural no es simplemente un proveedor de plataformas de entretenimiento, sino que es un claro agente activo en la conformación de la conciencia social y los valores normalizados.
También hemos notado que mediante los ejemplos históricos concretos instrumentos como el cine, la música, la televisión y actualmente las redes sociales y los servicios de streaming son utilizados para imponer agendas y lineamientos que moldean la percepción, el comportamiento y la determinación de todo aquello que es (y que no es) políticamente correcto, real, irreal o hiperreal.
Todo esto no quiere decir que todas las reproducciones culturales apuntan directamente a moldear nuestra percepción y criterio hacia una ideología concreta. No, no todas, pero si queremos vivir pensando o pensar viviendo, es preciso que activemos el pensamiento crítico para detectar qué nos están queriendo comunicar, sin que por ello tengamos que abandonar el disfrute por la estética en todas sus manifestaciones.
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Christine Lagarde ya nos ha confesado la voluntad de las élites psicópatas a las que obedece, de reducir la población. De momento solo lo dice de los ancianos (excepto ella, naturalmente), pero a buen entendedor, pocas palabras bastan

“El problema moral del mal es su 'trivialidad', y esta trivialidad, a su vez, está estrechamente ligada a la incapacidad de pensar, de pensar desde la perspectiva de otro” Arendt, La vida del espíritu, ed. 2002, p. 248

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