
Los parásitos de la poltrona: El regreso de Mónica García a la Asamblea como síntoma de una casta insaciable

La política española atraviesa un desierto de coherencia donde la responsabilidad brilla por su ausencia. El caso más reciente y flagrante es el de la comunista Mónica García, quien tras un paso por el Ministerio de Sanidad que solo puede calificarse como un estrepitoso fracaso, ha decidido no regresar a su puesto de trabajo fuera de las instituciones, sino reengancharse al presupuesto público. Su destino: la Asamblea de Madrid. Su botín: un sueldo de 86.000 euros anuales.
Este movimiento no es un hecho aislado, sino la confirmación de una realidad que indigna a la ciudadanía: la existencia de una casta política que funciona como un cuerpo parasitario sobre el tejido social. Personajes que, una vez prueban las mieles del coche oficial y las nóminas de cinco cifras pagadas por el contribuyente, pierden cualquier conexión con el mundo real y el mercado laboral privado.


El fracaso como trampolín
Mónica García llegó al Ministerio de Sanidad con una retórica de superioridad moral, presentándose como la salvadora del sistema público. Sin embargo, su gestión ha estado marcada por la inoperancia, el sectarismo, la ideologización. el aumento de las listas de espera en competencias nacionales y una incapacidad manifiesta para gestionar crisis sectoriales.
En cualquier profesión del mundo real, un fracaso de tal magnitud supondría el despido o, por decencia profesional, la dimisión y el regreso al sector privado o a la plaza pública de origen.
Pero en la «casta», el fracaso no se paga con el paro, sino con el enroque. La coherencia dictaría que, tras no cumplir con las expectativas en el Gobierno de Pedro Sánchez, García retomara su labor como anestesista en el Hospital 12 de Octubre.
Pero trabajar en un quirófano, con sus guardias y sus responsabilidades reales, parece ser un destino poco atractivo comparado con la comodidad de un escaño, sus prebendas y el sueldo de 86.000 euros que garantiza la Asamblea de Madrid.
La poltrona como modo de vida
El término «parásito» puede sonar duro, pero define a la perfección a quien se alimenta de un organismo —en este caso, el Estado— sin aportar un valor real y negándose a abandonarlo. Mónica García entró en política en 2015 con Podemos y, desde entonces, su trayectoria se ha desarrollado íntegramente en el ámbito institucional. Casi una década viviendo del erario público sin haber vuelto a ejercer la medicina de manera.
¿Qué incentivo tiene un político para ser eficiente si sabe que, pase lo que pase, el sistema le tiene reservada una red de seguridad millonaria?
La respuesta es ninguno. El objetivo deja de ser el bien común para convertirse en la supervivencia personal. El regreso a Madrid no es una «estrategia política» para 2027, es un blindaje, una estrategia de supervivencia económica de quien se ha acostumbrado a salarios que el 95% de los españoles jamás verá en su vida.
Un historial de contradicciones y privilegios
La indignación que despierta este nuevo sueldo de 86.000 euros se suma a un historial de incoherencias que definen a la perfección a esta nueva aristocracia política.
No podemos olvidar que García, mientras daba lecciones de ética social, cobró indebidamente más de 13.000 euros durante una baja médica, algo que despachó como un simple «error administrativo». Tampoco se puede ignorar el polémico uso de un bono social térmico destinado a familias vulnerables, mientras su cuenta corriente rebosaba gracias a sus ingresos como diputada.
Estos «despistes» son la marca de la casa de una clase política que se cree por encima de las reglas que imponen a los demás. Se llenan la boca hablando de los trabajadores mientras se aseguran indemnizaciones y sueldos que multiplican por cuatro el salario medio español. Su verdadera ideología no es el comunismo ni el progresismo; su única bandera es el presupuesto público.
La desconexión total con la realidad
Mientras el ciudadano medio sufre para llegar a fin de mes, pagar la hipoteca y lidiar con una inflación asfixiante, ve cómo aquellos que gestionan mal sus recursos se premian a sí mismos con puestos de 86.000 euros. La Asamblea de Madrid se convierte así en un refugio de lujo para quienes huyen del fracaso ministerial.
La política debería ser una actividad temporal, un servicio al ciudadano que se presta por vocación y del que se sale con la misma dignidad con la que se entró. Sin embargo, en España se ha convertido en una profesión vitalicia para aquellos que temen el mercado laboral. La pregunta que se hacen muchas personas es: ¿Qué ha aportado realmente Mónica García para merecer un sueldo superior al de miles de médicos que están hoy mismo doblando turno en los hospitales?
La necesidad de higiene democrática
El regreso de Mónica García a la Asamblea de Madrid es un insulto a la inteligencia de los votantes y un monumento a la desfachatez de la casta. Mientras la política sea vista como un refugio para quienes fracasan en la gestión, la sociedad seguirá pagando el precio de la incompetencia.
Es urgente una regeneración que obligue a los políticos a rendir cuentas y, sobre todo, a entender que las instituciones no son su cortijo particular ni su plan de pensiones.
Los parásitos de la poltrona deben entender que el dinero público es sagrado y que la coherencia no es una opción, sino una obligación. Si fracasas en el Gobierno, te vas a tu casa; no te buscas un retiro dorado de 86.000 euros a costa del sudor de los madrileños.
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