
Nunca permitas que los políticos decidan qué es la Verdad
Impacto España Noticias
Vivimos en una época que ha abandonado la búsqueda incansable de la verdad. Nuestros medios de comunicación ya no informan sobre hechos concretos; en su lugar, hablan constantemente de «la narrativa». Los colegios y universidades enseñan a las mentes jóvenes a aceptar ciegamente la «opinión de los expertos» en lugar de fomentar el cuestionamiento lógico y crítico. Nuestros filósofos argumentan que la verdad es un concepto puramente «subjetivo», que la verdad no existe como tal, que es subjetiva.
Cada vez que escuchamos a una persona, nos topamos con discursos que hablan de «su verdad», «mi verdad» o incluso «la verdad de ambos», como si cien descripciones contradictorias del mismo suceso pudieran ser todas ciertas a la vez. Los políticos mienten; eso no es ninguna novedad en la historia de la humanidad. Lo que sí es una alarmante noticia es que nuestra sociedad actual ya ni siquiera finge buscar la verdad. Hemos sustituido el dato empírico por el consenso.
Si la verdad objetiva no existe, la justicia es imposible, y el único criterio que prevalece en la sociedad es la fuerza bruta del decreto ley.
El peligro de que los políticos decidan qué es verdad en la sociedad actual
Y en este contexto de subjetivismo y relatividad, el Estado asume la prerrogativa de definir la realidad, por ende la verdad, provocando que la libertad individual se extinga por completo. Si la verdad deja de ser un estándar independiente y objetivo que cualquiera puede descubrir mediante la observación, la razón o la fe, se transforma automáticamente en un subproducto del poder escrito en los despachos ministeriales.


Si no existe una verdad externa a la política, entonces el grupo que ostente el poder del gobierno tiene el derecho absoluto de dictar lo que es real y lo que es ficticio.
Esta dinámica totalitaria no se establece mediante golpes de Estado tradicionales, sino a través de la erosión lingüística y la devaluación deliberada del método científico. El relativismo posmoderno, que en principio se vendió como una herramienta de liberación para cuestionar las estructuras de autoridad, ha terminado convirtiéndose en el arma perfecta para el autoritarismo gubernamental. Si la verdad objetiva no existe, la justicia es imposible, y el único criterio que prevalece en la sociedad es la fuerza bruta del decreto ley.
La manipulación gubernamental y la gestión de la crisis sanitaria
Durante la pandemia del COVID, la población mundial se vio obligada a seguir mandatos gubernamentales que, bajo un análisis lógico elemental, carecían por completo de sentido. ¿Por qué era seguro y legal que los hipermercados y las grandes corporaciones permanecieran abiertos mientras los pequeños negocios locales se vieron obligados a cerrar bajo amenaza de quiebra?
¿Cómo podían las mascarillas de papel tejidas en casa, las flechas pintadas en el suelo, las mamparas de plexiglás o la distancia de seguridad protegernos de microorganismos a los que no les importan en absoluto las regulaciones burocráticas?¿Por qué dependiendo de la hora que salieras a la calle el virus te atacaba o no?
¿Por qué debían cerrarse las escuelas y aislar a la infancia cuando los datos clínicos demostraban que el virus representaba la menor amenaza para los jóvenes? ¿Por qué debían las personas sanas que ya habían adquirido inmunidad natural verse obligadas a recibir una inyección experimental sin debate médico previo? El público tenía toda la razón al plantear tantas preguntas válidas y exigir respuestas transparentes.
La devaluación de la biología frente a la ideología institucional
Por otra parte, llevamos más de quince años inmersos en esta locura aberrante de la ambigüedad de género, durante la cual supuestos expertos —entre ellos, lamentablemente, muchos con título de médico— afirman que el sexo biológico no existe y que lo que percibimos empíricamente y biológicamente como hombre o mujer no es más que una construcción social autoimpuesta y maleable. El dogma ideológico ha colonizado las universidades, los laboratorios, las escuelas y los hospitales, anteponiendo el sentimiento subjetivo a la realidad cromosómica.
Quienes se han negado a participar en este juego delirante y afirman la realidad biológica han sido despedidos de sus puestos académicos y profesionales de forma fulminante. Quienes buscan trabajo hoy en día mienten descaradamente en las entrevistas, asintiendo ante doctrinas absurdas solo para asegurar su sustento y evitar la cancelación social. Se penaliza activamente el uso de términos biológicos precisos para no incomodar las estructuras de poder que financian estas agendas ideológicas.
Cuando las instituciones obligan a los ciudadanos a declarar que lo falso es verdadero y que lo obvio es inexistente, el objetivo final no es la inclusión. El verdadero propósito es la quiebra moral del individuo. Un ciudadano obligado a mentir diariamente para sobrevivir pierde su autoestima, su capacidad de resistencia y, en última instancia, su libertad frente al Estado.
Desmontando el alarmismo del cambio climático y las profecías fallidas
Así mismo, ha pasado ya veinte años desde el estreno en cines de una producción cinematográfica del exvicepresidente estadounidense Al Gore sobre el clima. pero ninguna de sus mentiras climáticas y de sus aterradoras predicciones se ha cumplido.
Ha sido una farsa, sin embargo, famosos «expertos» y políticos repiten incansablemente la misma consigna apocalíptica de que solo nos quedan doce años de vida si no cedemos más control económico al Estado. Los mentirosos del calentamiento global pasaron los últimos veinte años aterrorizando a niños de todo el mundo, diciéndoles que morirían por culpa del clima antes de tener edad para conducir.
Ahora, algunos de esos niños asustados ya tienen hijos, y la estafa del cambio climático continúa mutando sus términos de forma conveniente para justificar nuevos impuestos verdes y restricciones a la movilidad. En otras palabras, los políticos pretenden ilegalizar el mismísimo método científico, cuya naturaleza fundamental es la duda constante.
Por qué la conformidad ideológica está sustituyendo a la ciencia empírica
El problema es que nuestra sociedad no busca la verdad con tenacidad; lo que busca con desesperación es la conformidad ideológica. La ciencia real avanza mediante el disenso, la replicación de experimentos, el escepticismo y la falsación (o falsacionismo) de hipótesis propuesto por el filósofo Karl Popper. Sin embargo, el modelo actual sustituye este proceso por comités de ética sesgados, subvenciones gubernamentales condicionadas al resultado político deseado y la cancelación civil del disidente.
La verdad no requiere que una Junta de Gobernanza de la Desinformación decida la realidad para el público. La ciencia nunca es definitiva, a pesar de lo que han afirmado mandatarios internacionales en sus discursos oficiales. La ciencia es un proceso vivo de cuestionamiento.
Las personas de a pie, sin necesidad de un doctorado o un cargo en un organismo transnacional, son perfectamente capaces de definir la biología básica basándose en la observación natural y decidir por sí mismas si deben o no usar mascarillas de papel. Pretender que el ciudadano común es incapaz de procesar la realidad sin un tutor estatal es simplemente otra mentira diseñada para despojarnos de nuestra autonomía.
La resistencia civil mediante el pensamiento crítico
Aquí reside el verdadero problema de fondo: cuando nuestros políticos, científicos oficialistas, educadores y pseudo filósofos difunden la mentira de que no existe una verdad objetiva, transforman nuestra existencia en una nebulosa confusa y sin sentido. Porque si todo es verdadero según el cristal con que se mire, entonces nada lo es realmente. Y si nada es verdadero por sí mismo, entonces los políticos decidirán qué es verdadero para nosotros por decreto.
Buscar la verdad no significa que la alcancemos siempre de forma perfecta o absoluta. Sin embargo, es la búsqueda constante, honesta y valiente de la verdad lo que nos brinda la sabiduría necesaria para reconocer las mentiras y a los mentirosos que caminan entre nosotros.
En una época oscura donde los mentirosos profesionales gobiernan las instituciones, nuestra mayor responsabilidad y acto de rebeldía es incuestionable: el pensamiento crítico capaz de cuestionar las cosas.
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