¿Vivimos más que antes?

Luigi Cornaro vivió en la ciudad de Padua a caballo entre el siglo XV y el XVI. Obeso y plagado de enfermedades con 35 años, decidió cambiar radicalmente de estilo de vida y comenzó a seguir una dieta hipocalórica con la que adelgazó enormemente. Tras lograrlo, vivió en perfecta salud hasta los 100 años
Opinion 19 de septiembre de 2026 Fernando del Pino Calvo-Sotelo

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Luigi Cornaro vivió en la ciudad de Padua a caballo entre el siglo XV y el XVI. Obeso y plagado de enfermedades con 35 años, decidió cambiar radicalmente de estilo de vida y comenzó a seguir una dieta hipocalórica con la que adelgazó enormemente. Tras lograrlo, vivió en perfecta salud hasta los 100 años.

Basándose en su propia experiencia, y pionero sin saberlo de la teoría social de la medicina (teoría —recalco— que defiende que el factor más importante de longevidad es un estilo de vida adecuado), dejó escritos sus consejos de salud en una simpática obra titulada Cómo vivir 100 años o Discursos sobre una vida sobria. En ella critica a aquellos «que defienden que vivir una larga vida no es una bendición porque el estado de salud del hombre que alcanza los 75 no puede llamarse vida» (nótese que toma los 75 como una edad normal de la vejez en pleno siglo XV).

Cornaro se rebelaba ante esta creencia y afirmaba rotundamente que podía llegarse a la ancianidad en buen estado de salud. Así, relataba que, a pesar de su edad (escribió la obra con 83 años), «monto a caballo sin ayuda, subo las escaleras o una colina con facilidad, paso mis horas con espíritu alegre y bienhumorado conversando con personas de buen sentido o leyendo algún libro, escribiendo (…) y jugando con mis once nietos».

Siendo creyente, Cornaro daba gracias a Dios constantemente por no caer enfermo, «dado que he eliminado todas las causas de enfermedad por mi regularidad y moderación». Comía muy poco, aunque bebía cerca de medio litro de vino joven al día, pues afirmaba que el vino añejo le sentaba peor. Siempre recomendó ingerir sólo aquellos alimentos «con los que el estómago no está en desacuerdo», recomendando que se buscara la intersección de dos conjuntos: lo que le gustara al paladar y lo que le sentara bien al estómago. 

De joven sólo comía dos veces al día, rutina que en su vejez amplió a cuatro comidas en cantidades mucho menores, pero con una dieta variada: «Pan integral, yemas de huevo, sopas; cordero, pollo y pescado (…), teniendo en cuenta que lo que daña no es tanto la ingesta de comida inadecuada como una cantidad excesiva». El italiano consideraba que cada uno debía observar su propio cuerpo, «pues lo que a otros no hace daño a mí puede hacerlo», y viceversa[1].

Hace un siglo, el sacerdote jesuita Edward Garesché —que vivió hasta los 84—, también dedicaría un capítulo de su extraordinario manual de vida a realizar una serie de recomendaciones para vivir una vida físicamente sana:

 «No pensar demasiado en la propia salud (…); realizar suficiente ejercicio al aire libre, pero no demasiado; comer suficiente comida saludable, pero no demasiada; dormir suficiente, mucho aire libre, una abundancia de agua pura, exponerse a tanta luz solar como se necesite, tener un ocio razonable y edificante y mantener un espíritu sereno y alegre». Finalmente, enfatizaba que «una vida religiosa plena, llena de fe, esperanza y caridad, tiene una influencia maravillosa en la salud del cuerpo tanto como en la del alma»[2]. Estudios recientes, por cierto, le dan la razón[3].

Esperanza de vida y longevidad

Si he mencionado estos dos casos (naturalmente, anecdóticos) es porque existe la creencia generalizada de que en tiempo pretéritos nadie llegaba a edades avanzadas. Sin embargo, según el Libro de los Salmos —escrito hace 3.500 años—, las personas robustas vivían en aquel entonces hasta los 80 años. Asimismo, entre los sabios de la Antigua Grecia —hace unos 2.500 años—, Demócrito vivió hasta los 90 y Platón hasta los 81.

San Juan evangelista murió a los 94 años de edad —hace 2.000 años—, y pensadores estoicos de la misma época, como Epicteto, alcanzaron los 80. Y hace 500 años algunos de los miembros de la Escuela de Salamanca, como Juan de Mariana o Martin de Azpilicueta, vivieron 88 y 94 años, respectivamente. Entre los papas hay varios casos de extrema longevidad por ejemplo, san Agatón murió con 104 años en el siglo VII, y Celestino III superó los 90 en el  siglo XII. Y en la Inglaterra victoriana de 1855, la edad más común a la que morían los ingleses (estadísticamente, la moda) eran los 76 años[4].

Si le han sorprendido estos datos, no está usted solo: el espectacular aumento de la esperanza de vida al nacer acaecido en los últimos cien años ha provocado la generalización de dos ideas erróneas. La primera es creer que, si a principios del siglo XX la esperanza de vida al nacer era, por ejemplo, de 35 años y hoy ha pasado a más de 80, esto significa que en aquel entonces la gente solía morirse a los 35, de modo que una persona de 45 o 50 era considerada una persona muy mayor. Este error parte de la habitual confusión entre la esperanza de vida al nacer y la longevidad del ser humano, definida como la edad máxima que este puede esperar vivir.

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La esperanza de vida es el número de años que le queda de vida a una población, de media, a una edad determinada. Por lo tanto, el concepto de esperanza de vida debe siempre ir unido a un corte de edad: hay esperanza de vida al nacer, esperanza de vida a los 25 años, a los 65, a los 80, y así sucesivamente.

 El tremendo aumento de la esperanza de vida al nacer, la más mencionada, se ha visto enormemente distorsionada por la mayor mortalidad infantil y maternal (en el parto) que había en épocas pretéritas. Pero, conforme las personas sobrevivían al nacimiento, a la infancia y a la juventud, la esperanza de vida de los supervivientes de aquella época se iba asemejando más y más a la actual.

El segundo error consiste en extrapolar el aumento en la esperanza de vida llegando a la conclusión de que el ser humano está inexorablemente destinado a ser centenario o incluso aún más longevo. Esta última creencia tiene raíces filosóficas, entre las que se encuentra el cientificismo imperante en las sociedades modernas, que idolatran el tótem del progreso (científico y médico) creyendo que el momento histórico presente es la cúspide de la civilización, y la transformación del deseo de eternidad espiritual en una vana ilusión de inmortalidad corporal.

Así, el hombre moderno, descreído y autosuficiente, ha pasado de centrarse en la inmortalidad del alma a centrarse en la del cuerpo, lo que le ha llevado a preocuparse mucho más por su salud física que por su salud espiritual: el asceta ha sido sustituido por el vigoréxico, lo que no parece un avance civilizacional, precisamente.

¿Por qué las mujeres viven más?

En cuanto a la diferencia por sexo, es bien conocido que la esperanza de vida al nacer de las mujeres (para las personas intelectualmente confusas, cromosoma XX) es superior a la de los hombres (XY), diferencia que se mantiene para casi todos los segmentos de edad. ¿Por qué? Aquellos que no distinguen entre correlación y causalidad podrían defender que, dado que las mujeres hablan significativamente más que los hombres (salvo en la adolescencia y la senectud[5]), hablar debe alargar la vida.

En realidad, dos teorías compiten por encontrar una explicación a por qué las mujeres viven de media más que los hombres. La primera de ellas lo achaca a diferencias biológicas y hormonales. La segunda, sin embargo, lo achaca al hecho de que los hombres tienen conductas más arriesgadas: beben más, fuman más o tienen comportamientos más temerarios en el deporte o al volante (mueren en accidentes de tráfico el doble de hombres que de mujeres).

¿Cuál de las dos teorías tiene más visos de ser cierta? Hace algunos años, un investigador decidió realizar un estudio para intentar dilucidarlo. Para lograrlo, buscó subsegmentos de la población en los que los estilos de vida de hombres y mujeres fueran lo más parecidos posibles. Así surgió el llamado Estudio de los claustros, que analizó las causas y edad de la muerte de casi 17.000 religiosos católicos en los monasterios de Alemania y Austria en los últimos doscientos años (en algunos casos, desde el s. XVI)[6].

 Las conclusiones fueron claras: aunque las monjas vivían algo más que los monjes, la diferencia se reducía considerablemente, por lo que, aunque persistía un factor biológico, «son los factores conductuales los principales responsables de las diferencias [de esperanza de vida] por sexo».

En los monasterios se vive más

Pero el mencionado estudio arrojó luz sobre muchos otros aspectos. Por ejemplo, comprobó que la esperanza de vida de los religiosos a los 50 años de edad era dos años superior a la de la población en su conjunto. Cuando se tomaba en consideración la esperanza de vida activa sin limitaciones físicas, la ventaja de los religiosos frente a la de la población general se ampliaba hasta los 3 años.

Algunos podrían creer que lo que explica la mayor esperanza de vida de los religiosos es la falta de fricciones en la convivencia con personas del sexo contrario (¡tan distintas en todo!), pero esto no es así: las personas casadas —tanto hombres como mujeres— tienen una esperanza de vida superior a las que no lo están[7].

La diferencia era un poco mayor entre los hombres que entre las mujeres. De hecho, en las últimas décadas las monjas parecían vivir más o menos los mismos años que la población femenina en general, pero la diferencia se mantenía en los monjes. Por razones inexplicadas, «la tasa de mortalidad por cáncer entre los monjes era sólo la mitad de la de los laicos, y la mortalidad por enfermedades cardiovasculares también era significativamente menor entre los monjes que entre los hombres de la población general». Dado que los factores de riesgo que conducen al desarrollo de diversos cánceres y patologías cardiovasculares aún no se comprenden muy bien, sólo cabe especular sobre los motivos de la mayor esperanza de vida de los religiosos.

Puede ser la dieta, el menor consumo de tabaco y alcohol, la  mayor exposición al aire libre, que además es más limpio en los monasterios (generalmente situados en entornos rurales), el silencio exterior y, sobre todo, interior, la falta de estrés provocado por «los afanes de la vida y la seducción de las riquezas» (Mt 13, 22), la existencia de una vida ordenada en horarios y ritmos mucho más lentos, el vivir rodeado de una comunidad estable de amor, la vida virtuosa o la paz interior basada en el abandono en la voluntad de Dios. Ambos, monjes y monjas, mantenían un sano esparcimiento, si bien limitado en el tiempo y diferenciado en su naturaleza: frecuentemente, el recreo de las monjas parecía centrarse en hablar, mientras que el de los monjes se centraba en pasear.

Mitigando el entusiasmo

Retomemos la cuestión inicial: ¿vivimos muchos más años que antes? Para contestar a esta pregunta con datos he escogido las estadísticas de Suiza, país relativamente aislado de su entorno y que reúne dos interesantes requisitos: su neutralidad, que le ha mantenido protegido de las grandes guerras de los últimos dos siglos, y su elevado nivel de vida secular, que atenúa las distorsiones producidas por la disminución de la pobreza, la falta de higiene y la carestía de alimentos y agua potable.

Pues bien, las tablas de mortalidad suizas muestran que hace un siglo la esperanza de vida al nacer era de 40 años; hoy es de 84. Sin embargo, si seguimos avanzando, los datos van perdiendo espectacularidad: el suizo que hace un siglo hubiera alcanzado los 65 podía esperar vivir hasta los 76, mientras que hoy puede esperar vivir hasta los 87. ¿Y qué ocurre con el suizo que hace un siglo hubiera llegado hasta la provecta edad de 80 años? Que podía esperar vivir 5 años más. Hoy puede esperar vivir 10 años más, lo que supone una diferencia de sólo 5 años en un siglo[8] (como es lógico, cuanto más nos acerquemos a la longevidad máxima, menor será la diferencia absoluta).

Suzia no es un caso aislado. En España, un anciano que a finales del siglo XIX hubiera alcanzado los 80 años podía esperar vivir hasta los 83; un siglo más tarde (1999), podía esperar vivir hasta los 87, una diferencia de tan sólo 4 años[9].

Para comprender por qué estas diferencias me parecen escasas, debemos recordar que hace un siglo prácticamente no había antipiréticos para bajar la fiebre (la Aspirina comenzaría a comercializarse en 1900). Tampoco existían los antibióticos, ni se había inventado el DDT (que erradicaría la malaria de gran parte del mundo, incluida Europa), ni se había generalizado la vacunación con las pocas vacunas eficaces en reducir la mortalidad.

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Tampoco se había identificado el peligro del tabaquismo, ni existían los avances en el tratamiento de enfermedades cardiovasculares o en las técnicas quirúrgicas que tenemos hoy en día. Para más inri, a principios del siglo XX había muchísimos menos médicos por cada 1.000 habitantes, ratio que en un siglo se ha multiplicado por más de 3 en Suiza y por más de 9 en España (aunque quepa preguntarse si esta hiperinflación médica ha sido un factor positivo o negativo en cuanto a esperanza de vida se refiere…).

Conclusión

Estos datos quizá deberían invitarnos a contemplar con mayor sobriedad las supuestas ventajas de la medicalización obsesiva de la sociedad actual. Es más: a la luz del Estudio de los claustros, quizá debiéramos preguntarnos si nuestro estilo de vida realmente conduce a una vida más sana, e incluso si aquello que tomamos como garantía de salud realmente lo es.

No olvidemos que los monjes modernos no siguen hábitos considerados saludables por el resto de la población y, aun así, viven más: por ejemplo, no se hacen chequeos de salud anuales, ni duermen muchas horas sobre almohadas y colchones ergonómicos (algunos incluso cortan el sueño en mitad de la noche). Y aunque se mantienen físicamente activos, tampoco hacen deporte ni se obsesionan por seguir la última moda médica o dietética. Se limitan a vivir una vida enfocada en su sentido último, sobria, moderada, tranquila y ordenada.

Y viven más.

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