
Él, la, li, lé, consigo

Acabo de tener el enésimo debate con unos amigos —diferentes cada vez, debo aclarar— sobre lo políticamente correcto, que tantas patadas le da a lo Lingüísticamente correcto.
La impertinencia constante sobre el/la/le ya me cansa, y como siempre me digo que ante la diferencia de opiniones, cúmplase la ley, en este caso las normas que recomienda la Real Academia de la Lengua Española, a las que me remito.
Me argüían que el idioma evoluciona, y que ahora se hablaba así, pero la realidad es que no es el pueblo el que ha comenzado a hablar así, sino los colectivos feministas, que son una minoría, que después de haber parasitado al gobierno han impuesto esa forma falaz y abusiva desde arriba, por decreto.
Pero el lenguaje es mucho más democrático, y fuera del argot oficial de estos políticos y gobiernos de ahora, la gente sigue hablando del hombre, cuando se refiere a ambos sexos, que no géneros. Porque los géneros existen solo en las palabras y en las clases de obras literarias, y por extensión cinematográficas.
Pero el poder se concentra en problemas de este tipo para dar con soluciones peregrinas y hacernos ver que se ocupan y resuelven problemas, en lugar de concentrarse en los que de verdad nos preocupan a los ciudadanos, como la carestía de la vida, la precariedad de la vivienda, el mal estado de las carreteras, la deficiente enseñanza y la sanidad públicas, que cada vez están peor.
Por eso he puesto ese título a este artículo, inventándome los neologismos li y lé, que si existen yo no los he visto en ningún lado, en clara alusión a Yo mi me conmigo, parangón del apego al juicio y al egoísmo.
Porque hay gente con ideología que se cree con derecho a imponérsela a los demás. De eso son culpables todos los gobiernos que hemos tenido, como si el poder fuera suyo y no otorgado por el pueblo a título provisional para que nos sirva para resolver nuestros problemas, y en su lugar lo que hacen es resolver los suyos personales, en primer lugar, y los que no nos aquejan pero surgen de querer imponer su ideología en segundo. Y eso es perverso. Aún más: me parece cohecho, es decir, aprovecharse de su situación de poder en beneficio personal. E imponer su ideología lo es.
El pueblo español no necesita ideologías. Cada cual tenga la que le guste más. El pueblo español necesita que el gobierno le resuelva los problemas de la vida diaria: controlar los factores que provocan el aumento de la carestía de la vida, del deterioro de la educación, del estado de nuestras carreteras y de la sanidad pública, y muchos otros que ahora no me parecen tan importantes como esos que señalo, pero mucho más que el que nos quieran imponer su verdad.
Nada hay más mezquino y perverso que pretender que lo que ellos entienden por verdad o lo mejor lo sea objetivamente. Déjenme ustedes de pamplinas, y cumplan ustedes con su obligación. Que para ser nuestros dueños no les hemos votado, sino para resolvernos nuestros problemas.
Y si el problema es este régimen caduco y corrupto, pongamos otro. Y no votemos a ningún partido que lo promueva o se beneficie de él.
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