
¿Existe un eje Pekín-Moscú-Pyongyang?

El impresionante desfile militar desplegado en Pekín por la República Popular el pasado 3 de septiembre para conmemorar el octogésimo aniversario de la victoria china contra Japón reunió en una inquietante foto al presidente anfitrión, Xi Jingping, al presidente ruso Vladimir Putin y al primer mandatario de Corea del Norte, Kim Jong Un.
La instantánea, claramente deliberada, ha enviado un mensaje a las democracias occidentales: emerge un nuevo orden mundial que sustituye al surgido del final de la Guerra Fría en el que una alianza de autocracias agresivas dotadas de armamento nuclear va a pisar fuerte y a intentar ser decisiva en los grandes asuntos de la política global.
La ensoñación optimista del Fin de la Historia se ha desvanecido y nos encontramos en un paisaje hobbesiano duro para el que no parece que Europa y Estados Unidos estén ni preparados ni mentalizados. Aunque también estuvieron presentes en la capital china otros dictadores como los que hoy gobiernan en Irán, Bielorrusia o Cuba, ha quedado patente que la nueva tríada que aspira a liderar el bloque antiliberal y antidemocrático está constituida por China, Rusia y Corea del Norte.
Ahora bien, detrás de esta imagen, impactante y amedrentadora, operan mecanismos complejos que conviene tener en cuenta para no caer en simplificaciones engañosas. Aparentemente, Rusia y China viven un idilio que dura ya tres décadas y que ha sido definido por sus máximas instancias como “una asociación estratégica sin límites”. Sin embargo, se trata de una pareja en la que el socio principal, China, se guarda mucho de no ejercer como hegemónico y el socio menor, Rusia, no está en absoluto dispuesto a ser satelizado.
En la memoria colectiva china se encuentra vivo el recuerdo de la ocupación de un sexto de su territorio, más de un millón de kilómetros cuadrados, por el imperio zarista mediante dos tratados abusivos en la segunda mitad del siglo XIX. No tan atrás como los años sesenta del siglo pasado aún tuvo lugar una disputa fronteriza violenta entre la URSS y China que se resolvió ásperamente dejando cicatrices. Hoy el desequilibrio comercial entre las dos potencias es patente a favor de China, que compra la mitad de la producción rusa de petróleo e inunda de automóviles -los europeos han desaparecido- sus calles.
En cuanto a su superioridad militar es asimismo patente y la brillante parada del 3 de septiembre seguramente hizo palidecer de envidia a Putin, incapaz tras tres años de combates extenuantes, decenas de miles de bajas y pérdida de cantidades ingentes de material, de doblegar a un enemigo muy inferior sobre el papel como es Ucrania.
La facción nacionalista, que representa al fin y al cabo el principal sostén de Putin, recela de una eventual posición china de dominio con atribución a Rusia de un papel subordinado. No se puede ignorar que, aparte de los evidentes intereses económicos depredadores de la oligarquía que orbita alrededor del Kremlin y de su apego al poder, opera en el espíritu de las elites rusas un orgullo patrio y una nostalgia apenas disimulada de los días gloriosos en que los zares primero y la Unión Soviética después hicieron de su nación un imperio con influencia decisiva en la escena internacional.
A un pueblo que ha sabido a lo largo de un milenio largo derrotar a los mongoles, a la Orden Teutónica, a la Suecia de Carlos XII, a la Francia de Napoleón y a la Alemania nazi, se le hace cuesta arriba ser desalojado del proscenio y refugiarse tras las bambalinas.
El gesto provocador del ministro de Exteriores, Sergei Lavrov, llegando a Alaska para participar en la cumbre con Donald Trump luciendo una camiseta con el acrónimo en caracteres cirílicos CCPP, es lo suficientemente elocuente.
Otro aspecto que considerar es el de la diferencia de los propósitos a largo plazo de China y Rusia, que hace de su estrecha cooperación actual una circunstancia que puede variar en el futuro. A China le interesa debilitar a Occidente y acabar con la hegemonía norteamericana, pero no desea un planeta inestable, caótico y agitado por guerras porque es una gigantesca factoría exportadora y necesita clientes que adquieran sus productos, utilicen su capacidad industrial y tecnológica y sean un destino remunerador de sus inversiones.
En otras palabras, en el diseño de Xi Jingping el orbe que aspira a pastorear ha de ser pacífico, previsible y próspero. El desorden y la destrucción son fatales para el negocio. En cambio, Putin y sus delirios imperiales teñidos de revanchismo rencoroso propician escenarios de enfrentamiento y expansión belicista que le permitan satisfacer su ego humillado por la caída del Muro de Berlín y mantener su férreo control interno con el fin de seguir con el saqueo de las inmensas riquezas de la Madre Rusia.
Si en las capitales europeas y en Washington hubiera estadistas inteligentes y dotados de visión de conjunto, actuarían con la combinación de firmeza, diplomacia y astucia que demandan estos tiempos turbulentos. Por desgracia, tenemos lo que tenemos y es más que posible que nuestros enemigos nos pasen por encima. Las civilizaciones nacen, se desarrollan y mueren. La nuestra no reúne los méritos necesarios para escapar a este destino inmutable y fatal.
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