Cómo las leyes de igualdad de protección amenazan la libre expresión

No existe ningún «derecho a la libertad de expresión» o a la libertad de prensa adicional más allá de los derechos de propiedad que una persona pueda tener en un caso concreto
Opinion 27 de septiembre de 2025 Instituto Mises
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Derecho a la libertad de expresión

Los igualitarios a veces niegan que exista ningún conflicto entre la igualdad y las doctrinas de la libertad individual —libertad de expresión, libertad contractual, libertad de conciencia y de creencias, libertad de asociación y derecho a la propiedad privada.

Argumentan que los valores igualitarios, —expresados en las leyes de igualdad de protección, los derechos civiles y el principio de no discriminación—, complementan la libertad individual al garantizar la libertad individual «para todos por igual». Por ejemplo, el Bill of Rights Institute explica que América se fundó sobre la visión de la libertad y la igualdad para todos, y no para una raza en particular:

La promesa de América en la visión de los fundadores era la de libertad e igualdad en la Declaración de Independencia y la Constitución. El nuevo concepto de república de derechos naturales [sic] se basaba en principios que no cambiaban con el paso del tiempo ni con los cambios culturales. Este novus ordo seclorum —«nuevo orden para las edades»— no se creó para una raza en particular, una clase social aristocrática privilegiada o los miembros de una religión establecida, sino para todos por igual.

Según ellos, la libertad y la igualdad son mutuamente compatibles. Pero está claro, a partir de los casos que enfrentan la libertad de expresión con la igualdad de protección bajo el régimen de derechos civiles, que esto no es cierto. Se podrían citar muchos ejemplos de casos relacionados con creencias religiosas que violan el principio de no discriminación, pero este artículo se centrará en el ejemplo del conflicto entre la igualdad de protección y la libertad de expresión.

El argumento igualitario es que se necesitan medidas especiales para extender la igualdad de protección de la ley a los grupos vulnerables que sufren de manera desproporcionada el «odio» debido a su raza, religión o sexo, con el argumento de que, si no se les protege especialmente de ese «odio», no se beneficiarán de la igualdad de protección de la que disfrutan aquellos que no están sujetos a la misma vulnerabilidad. Aquí es donde sitúan los límites apropiados de la libertad de expresión: argumentan que cualquier discurso que equivalga a «odio» contra los grupos protegidos impide que esos grupos disfruten de la igualdad de protección de la ley.

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 Entendido de esa manera, la libertad de expresión claramente no es compatible con la igualdad de protección. Una de las dos debe ceder. Además, no existe una definición precisa de la amenaza a la igualdad de protección, ya que el «odio» depende en gran medida de la percepción subjetiva de la víctima y también de las «implicaciones» que pueden deducir los «expertos en odio». Por ejemplo, un informe reciente del Centro de Estudios sobre el Odio de la Universidad de Leicester (Reino Unido) describe el «racismo rural» en la campiña inglesa como el sentimiento de rechazo que experimentan las minorías étnicas:

 En él, los académicos afirman que las comunidades étnicas minoritarias se enfrentan a «retos» en el campo porque la Inglaterra rural es «abrumadoramente blanca».

Esto crea una sensación de «incomodidad», afirma el informe, y la «carga psicológica» que conlleva moverse en espacios predominantemente blancos.

El informe también plantea la preocupación de que la cultura tradicional de los pubs y otras «costumbres monoculturales» sean excluyentes.

En este contexto, las leyes que protegen a las personas del «odio» son vagas, lo que agrava su efecto corrosivo sobre la libre expresión. Un discurso que parece inocuo se convierte en «odio» si alguien se siente ofendido y, si la víctima afirma sentirse angustiada o «insegura», eso magnifica el grado de odio. En su libro Beyond All Reason: The Radical Assault on Truth in American Law (Más allá de toda razón: el ataque radical a la verdad en la legislación americana), Daniel Farber y Suzanna Sherry sostienen que un concepto o una ideología pueden tener «implicaciones intrínsecamente antisemitas y racistas» incluso si quienes los expresan no «tienen necesariamente sentimientos antisemitas o racistas c ».

Añaden que si una teoría se percibe como racista o sexista, «se le atribuirían estas etiquetas independientemente de si los defensores de la teoría sienten algún tipo de resentimiento personal hacia los negros o las mujeres».

 La prueba no es la intención de quien habla, sino las «implicaciones» de su discurso, y el impacto en la víctima es el punto de vista clave para identificar esas implicaciones. Varias leyes del Reino Unido prohíben el discurso de odio basándose en esa interpretación, como la Ley de Comunicaciones, en virtud de la cual se detiene con frecuencia a personas por escribir mensajes ofensivos en las redes sociales.

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Recientemente, un cómico fue detenido por publicar que los hombres que invaden el espacio privado de las mujeres deberían recibir un puñetazo en sus partes íntimas, lo que más tarde describió como una broma. Según la legislación británica, los hombres que se identifican como mujeres están protegidos contra la discriminación y, por lo tanto, la policía los trata como un «grupo protegido»:

En su declaración del miércoles, Sir Mark dijo que la decisión de arrestar [al comediante] «se tomó dentro de la legislación vigente, que dicta que amenazar con golpear a alguien de un grupo protegido podría ser un delito».

La víctima que presentó la denuncia policial en este caso argumentó que «la libertad de expresión se estaba utilizando como un ‘eufemismo para intimidar a las minorías’». Al considerar que las leyes contra el odio son necesarias para la igualdad de protección, los igualitarios han dado la vuelta al principio de igualdad de protección: argumentan que, para que todos disfruten de la igualdad de protección de las leyes, los grupos vulnerables requieren una protección especial. En esencia, los grupos vulnerables reciben un trato más favorable que otros grupos con el fin de igualarlos con estos —se trata a las personas de forma desigual para tratarlas de forma igual.

 En los EEUU, estos intentos de prohibir el discurso ofensivo para «proteger» a los grupos vulnerables tienen su origen en la Decimocuarta Enmienda y en las leyes de derechos civiles, donde el concepto de acoso por motivos de raza, sexo o religión suele implicar palabras ofensivas. Por ejemplo, en Meritor Savings Bank v. Vinson, 477 U.S. 57 (1986), —un caso relacionado con acusaciones de acoso sexual— la Corte Suprema dictaminó que «una denuncia de acoso sexual por «entorno hostil» es una forma de discriminación sexual que puede ser objeto de acciones legales en virtud del Título VII».

A continuación, se argumenta que las leyes de derechos civiles excluyen el «discurso de odio» de la protección constitucional de la libertad de expresión, con el argumento de que el «discurso de odio» es ilegal si se dirige a grupos protegidos.

Este argumento sigue gozando de un amplio apoyo entre los liberales, a pesar de que ha sido rechazado en repetidas ocasiones por violar la Primera Enmienda. Un ejemplo es la «Ley contra el discurso de odio en línea» de Nueva York, que pretendía regular la «conducta de odio» en Internet. La ley definía la conducta de odio como «el uso de una red social para difamar, humillar o incitar a la violencia contra un grupo o una clase de personas por motivos de raza, color, religión, etnia, origen nacional, discapacidad, sexo, orientación sexual, identidad de género o expresión de género».

 Esta ley fue rechazada: «Incluso las regulaciones que pretenden regular el discurso «que insulta o provoca violencia por motivos de raza, color, credo, religión o género» se han considerado contrarias a la Primera Enmienda, ya que constituyen una regulación basada en el contenido y el punto de vista del discurso protegido». El principio de la libertad de expresión abarca el discurso que otros pueden considerar ofensivo, independientemente de que la persona ofendida sea miembro de un grupo «protegido» o no.

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 Desde la perspectiva de Rothbard, todos los derechos son derechos de propiedad. El derecho a la libertad de expresión, como todas las demás libertades individuales, es una emanación de la propiedad de uno mismo. Los límites del derecho propio a la libertad de expresión se encuentran en el punto en que invaden los derechos de propiedad de otra persona; por ejemplo, nadie puede ser obligado (en el sentido rothbardiano de la palabra, no en el sentido conversacional) a escuchar a nadie, ni a proporcionar una plataforma para promover ideas que, por cualquier motivo, no desee promover.

 Tampoco hace falta decir que los derechos de propiedad no incluyen el derecho a agredir a otros: no existe el derecho a castigar o atacar a las personas porque uno no esté de acuerdo con su discurso o se sienta ofendido por él, y mucho menos el derecho a hacer que las arresten o encarcelen. La propiedad privada conlleva el derecho a excluir, y cualquier propietario tiene la libertad de excluir a cualquier persona cuyo discurso considere ofensivo o, de hecho, por cualquier otra razón que desee —incluso por capricho, si así lo desea. Como explica Murray Rothbard en La ética de la libertad,

 En resumen, una persona no tiene «derecho a la libertad de expresión»; lo que tiene es el derecho a alquilar una sala y dirigirse a las personas que entran en el local… el derecho a escribir o publicar un folleto y a venderlo a quienes estén dispuestos a comprarlo (o a regalarlo a quienes estén dispuestos a aceptarlo)… el derecho a la libre contratación y transferencia, que forma parte de dichos derechos de propiedad.

No existe ningún «derecho a la libertad de expresión» o a la libertad de prensa adicional más allá de los derechos de propiedad que una persona pueda tener en un caso concreto.
La consecuencia lógica de esto también es cierta: nadie tiene derecho a no sentirse ofendido por nada de lo que oiga.

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