
ESA GENTUZA EN EL PODER

Ya tenía yo ganas de escribir este artículo. No es promesa, ni por supuesto vendetta, ni servidor es un rencoroso ‘trastornao’ –así solía llamarnos un señoritingo de medio peo armado de los muchos millones y el mucho mando de su familia, encumbrado en el poder desde un partido histórico que actualmente no pasa por sus momentos más lúcidos, honestos ni mucho menos con el talante que corresponde a los grandes estadistas patrios, que ciertamente los hubo.
Además de muy poca vergüenza torera, innoble y viciosillo él, no encajaba la posibilidad en que ciertos ‘gacetilleros’ no lamiesen su mayestático trasero engolosinados por las cumbres borrascosas torticeramente aforadas. Pero esa es otra historia, dejémosla estar−.


Qué va!, este tema –la corrupción en el poder− ha centrado mis páginas desde el albor de esta tribuna pública. El tiempo, el cansancio, el tedio y la nausea con arcadas de pura indignación, la decepción/es ante la expectativas de un nuevo modo de hacer política decidieron mi línea editorial personal, compartida por una inmensa mayoría de colaboradores de este medio, nacido hace ahora quince añitos de vellón al calor, el ardor guerrero, y la necesidad de ser disidencia activa en un mundo de tabla cuadriculada, mediocre y cobarde al servicio del vicio y la corrupción instalados en el poder todopoderoso. O eso se creen ellos.
Decía mi abuelo materno, efímero carabinero en la segunda república, que hubo de incorporarse sí o sí por amenazas del POUM –que todo hay que decirlo−, a un batallón de guerra en Burriana, Castellón, de los muchos que se organizaron meses después del espeluznante 18 de Julio en que el dictador decidiera poner ríos de sangre −Dios mediante− para recuperar la paz –manda güevos− en un país al garete precisamente porque los políticos en ejercicio, su irresponsabilidad para con el pueblo, más la ausencia de honorabilidad de la que históricamente habían hecho gala –manda güevos segundas partes−, perpetuada hasta nuestros aciagos días, dejasen la esperanza y la vida del país abarloada al desastre total.
Poco más o menos lo que acontece en estos momentos de cumbres endiosadas pero con parche sicótico en el trasero no sea el demonio que algún díscolo tribunal decida darles por el saco a pajera abierta y acaben con sus huesos en un presidio para sinvergüenzas y demás gentuza en el poder.
El abuelo sentenciaba aquello de: “nadie se hace rico faenando de sol a sol de jornalero en cualquier campo de este país”, dejándose la piel, el alma y los sueños para sacar adelante a su humilde familia. Mi antecesor sufrió lo insufrible −como la mayoría del país y los españoles−, en aquellos tiempos del hambre, la miseria como insomne almohada, y los llantos desgarradores de los zagales que solo el trabajo inhumano, el coraje en las venas y los cojones más empecinados fueron capaces de acallar.
Está claro que hablamos del bando perdedor, aunque servidor piensa que en una guerra no hay vencidos ni vencedores, al menos en lo referente al pueblo. Otra cosa bien distinta son los señorones, señoritos y sus adláteres lameculos, esos siempre ganan. No ves tú que son los amos de la pasta, los que ponen las perras para que los infelices de todo bando y color se masacren en trincheras, campos de minas, tormentas de bombas, ‘peladillas’ y capullos azulaos o coloraos llovidos de cielo raso. No te jode.
Y qué pena más pena que aún andemos con el bolo colgando, pensando que hay bandos buenos y bandos malos. En serio, ¿Somos gilipollas, o solo somos gilipollas plus?… La aspiración prioritaria entre nuestra juventud es cabalgarse en un puesto de funcionario y vivir una vida tranquila, ilusos. Los más ambiciosos miran hacia el hemiciclo o el pleno más cercano.
Claramente imbuidos del alarde y el poderío de la casta política, andan a las greñas en la cantera de cualquier partido para conseguir ser convocados en alguna lista. La de los aspirantes a listos, comemieldas con mando en plaza u ortos ofrecidos para lo que haga falta, eso dicen. De puta pena, en serio.
La heredad, y la pestucia que dejan los señorones encumbrados al fenecer, −porque ell@s no la palman como cualquier mortal, que va!−, se piensan de una raza superior, pertenecen a la innombrable casta del poder, creen ser inmortales pero fenecen al igual que las ratas. O ¿qué cojones te habías pensado, iluso, torpe, robagallinas con ínfulas de marqués de “tocatelpijo”?
La herencia de esos abominables seres no aporta nada bueno. Ni siquiera el zurrón de millones que van a parar a su prole, duelos y demás famiglia, por una razón de cojón de mico: ese patrimonio es inmundo, está podrido, clama al dolor y las penas padecidas por sus víctimas. Impregnado de oscuridad, infamia, y esa iniquidad que jamás dejará libre a sus portadores. Y todo para qué, ¿para eso? Evidentemente, jamás leyeron a Confucio:
“Nunca, nadie, en lugar alguno, pudo pasar ni un solo grano de arroz al otro lado” – (Todo, absolutamente todo, queda de este lado… Disfrutad lo heredado, mala gente, capullos!!)−
Da qué pensar… ¿VERDAD, GENTUZA?
Y punto.
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