
“SOMOS LOS AMOS, SOMOS LOS ESCLAVOS”

La codicia desmedida de unos pocos ha hipertrofiado de forma tan grotesca y monstruosa el aparato político-administrativo, que ya nadie sabe cómo defenderse de esos malvados ‘influencers’. La buena gente intenta sobrevivir al abismo protegiendo su entorno más cercano.
La guerra nuestra de cada día se ha micronizado hasta el ámbito familiar por pura impotencia e incapacidad de respuesta frente a esos gigantes del poder planetario, olvidando que la fuerza necesaria para el cambio reside en la unión, la entrega altruista y la solidaridad…
Es el fin de una especie replegada en sus guaridas sin capacidad para ver más allá de la caverna personal…
Imposible de realizar, al menos hoy día. La anarquía –Ese ‘coco’ histórico– es para espíritus libres y hombres responsables. Y desde pequeños censuran y encierran nuestra libertad en un laberinto de normas a cual de ellas más alienante y castradora. Nos contaminan con la frustración y la rutinaria impotencia secular.
El temblor y la duda hacen presa en nuestro comportamiento y conforman la línea socialmente ‘correcta’ para movernos por el mundo… Hasta llegar a esa absurda madurez de eunucos aborregados, monocromáticos, que dicen ser felices en sus jaulas, escasas veces, doradas… El resto son locos excéntricos o enemigos del orden social, carne de presidio para confirmar y normalizar una sociedad perdida en sus propios miedos.
El esperpento y la mediocridad se han instalado sine die en nuestras instituciones públicas. La saturación de desinformación, maquillada de versión oficial, intervenida por intereses sucios, puercos, miserables, en el barrizal de la política, deja absolutamente desamparado al pueblo. Un pueblo que ha renunciado al sagrado derecho de protesta y reclamación, en aras de una vida cómoda y llevadera según el listón impuesto por las diferentes olas menguantes de la “normalidad”.
Decrece hasta la pura subsistencia el concepto de convivencia, cercado, reprimido, monitorizado y apaleado por esos perros de la guerra, guardianes, ja!, de la presunta paz social. El concepto en si mismo, ha dejado de lado el derecho a vivir en la forma que más nos apetezca, para mutar en mero adocenamiento, psicología de manada, rebaño, con nula iniciativa personal. La cultura y la creatividad se pliegan a los ‘caprichos’ de quienes marcan el camino ‘normal’.
No ha lugar al pensamiento divergente ni la libertad de cátedra; la homogeneidad se erige en paradigma para una sociedad robotizada por imperativo legal.
En los jirones de esta sociedad presa de la norma, algunos ‘trastornaos’ intentan abrirse paso con renglones y opiniones oficialmente tuertas. La imprescindible disidencia se criminaliza y persigue desde cada rincón del aparato represivo en que han mutado unos estados presuntamente democráticos. La democracia, en sí misma, se presenta en sociedad como una cáscara hueca, rellena, maquillada de patochada, pantomima y teatrillo de títeres muy bien pagados y adiestrados para la farsa –
No han hecho otra cosa en su vida–. La imagen vale más que la decencia. La ceremonia más que la razón. Los índices de audiencia más que la verdad. La verdad conceptualizada es un agujero lleno de risas irónicas, diabólicas: carcajadas de payasos que se ríen en nuestra cara sin pudor alguno. Puros mercenarios al servicio del mundo oscuro, siniestro, impuro, podrido, muerto.
Sé que pensar por uno mismo es algo tan agotador y aburrido. Algo tan ‘improductivo’ en este mundo del café instantáneo, la comida basura y el resultado inmediato. Mejor que piensen la mentes pensantes y nos presenten en modo legislativo sus conclusiones irrefutables. Sé que la gente está tan harta de calentarse la cabeza con los problemas cotidianos, para dedicar tiempo y esfuerzo a labor tan desabrida.
Sé que estos renglones serán un grito en el vacío de esa oscuridad social. Pero son necesarios, incluso si están equivocados. Y precisamente porque puedo estar errando los pasos, los pensamientos aquí presentes son muy necesarios para valorar, contrastar o desterrar los contrarios. Porque lo importante no es la libertad de opinión. “Pienso, luego existo” pero eso era antes, ahora sería: “Existo, ya luego, si acaso, pienso, o todo lo contrario”
¿De qué sirve la libertad de opinión, si no hay libertad de pensamiento?… He ahí el dilema.
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