“Una cuenta de LAB envía insultos a víctimas de ETA y celebra los asesinatos: la radicalización ya es institucional”

El caso ha reactivado el debate sobre el papel de los sindicatos subvencionados en España, especialmente aquellos que operan en el País Vasco y Navarra y que mantienen vínculos con la izquierda abertzale

Nacional17 de enero de 2026Impacto España NoticiasImpacto España Noticias
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Manifestación del sindicato LAB

La reciente denuncia del Colectivo de Víctimas del Terrorismo (COVITE) ha vuelto a situar en primera línea del debate público la persistencia de discursos de legitimación y apología del terrorismo de ETA en parte del tejido social vasco y navarro. El colectivo ha hecho público que, a través del formulario de contacto de su web, recibió un mensaje en el que se celebraba la muerte de familiares asesinados por la banda terrorista y se deseaban nuevas víctimas.

El mensaje incluía expresiones como «Que vuestros familiares se pudran bajo tierra. Más tenéis que morir, llorones de mierda. Gora Euskalherria askatuta y muerte a los españoles», según detalló la asociación.

COVITE asegura que el mensaje fue enviado desde una cuenta institucional “vinculada” al sindicato LAB. La filtración ha provocado indignación entre víctimas y asociaciones cívicas, que ven en ello una muestra más de la tolerancia –cuando no complicidad– de ciertos sectores sindicales con discursos que justifican décadas de violencia terrorista en España.

 Un problema que persiste pese al final de la violencia
El episodio no se produce en el vacío. Según datos del Observatorio de Radicalización de COVITE, durante 2025 se habrían contabilizado 374 actos de apoyo a ETA, ya sea en forma de homenajes a presos, pintadas, exhibición de simbología, concentraciones o eventos conmemorativos. En Navarra, la cifra asciende a 69 actos, lo que evidencia que la radicalización ideológica que gira en torno al mito del “preso político” etarra no ha desaparecido con el fin de los atentados.

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Para COVITE, la persistencia de este activismo constituye una violación sistemática de la memoria y dignidad de las víctimas, y evidencia que el relato no está cerrado. El colectivo defiende que homenajes y mensajes como el recibido representan “una forma de legitimación del terrorismo incompatible con la convivencia democrática”.

 La cuestión de fondo: el papel y los privilegios de los sindicatos subvencionados
El caso ha reactivado el debate sobre el papel de los sindicatos subvencionados en España, especialmente aquellos que operan en el País Vasco y Navarra y que mantienen vínculos con la izquierda abertzale. Muchos ciudadanos desconocen que algunos de estos sindicatos no dependen exclusivamente de cuotas de afiliados, sino que reciben importantes sumas de dinero público en forma de subvenciones, fondos de formación, participaciones en organismos laborales y financiación indirecta a través de estructuras institucionales.

Este modelo genera tres consecuencias principales:

1. Dependencia presupuestaria del poder político
La financiación estatal convierte a organizaciones teóricamente autónomas en actores dependientes de la gestión pública, lo que en ocasiones reduce su capacidad de representación real y los transforma en agentes mantenidos por los mismos gobiernos a los que deberían fiscalizar.

2. Ausencia de control democrático y transparencia
Las subvenciones suelen distribuirse sin auditorías públicas exhaustivas ni mecanismos de rendición de cuentas. En un contexto en el que nuevos movimientos ciudadanos reclaman transparencia, este modelo se ha quedado obsoleto.

3. Desviación de funciones
Mientras el sindicalismo debería centrarse en defender a los trabajadores, sectores enteros del sindicalismo subvencionado se han dedicado durante décadas a la construcción ideológica, la ocupación del espacio público y la promoción de agendas políticas ajenas al ámbito laboral. En el caso vasco, esto adopta formas particularmente graves cuando intersecta con discursos de apoyo a la violencia.

 Un clima social tensionado por el relato
La persistencia de homenajes, pancartas, simbología y mensajes como el que denuncia COVITE alimenta la sensación de que existe una normalización del entorno social y cultural que rodeó a ETA durante sus años de actividad. Aunque no existe una continuidad operativa en términos terroristas, sí existe una continuidad narrativa que legitima la violencia como herramienta política.

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Este proceso no es anecdótico: la batalla por el relato es, en realidad, la última fase del conflicto nacionalista. La reivindicación del preso, del “luchador”, del “combatiente” o del “represaliado” forma parte de un imaginario político que intenta reconstruir la memoria histórica desde la perspectiva del victimario y no de las víctimas.

 Un reto democrático pendiente
El caso vuelve a evidenciar que España todavía no ha resuelto definitivamente cómo gestionar la memoria del terrorismo. Mientras Europa ha desarrollado políticas sistemáticas de reparación, deslegitimación y prevención del extremismo violento, en el caso español persisten zonas grises donde el Estado ha cedido el terreno cívico a actores radicales.

Entre los desafíos pendientes destacan:

la defensa pública del relato de las víctimas
la despolitización de estructuras sindicales subvencionadas
el control transparente de subvenciones y fondos públicos
la garantía de que no se financien discursos contrarios a los derechos humanos
la protección del espacio público frente a actos de apología del terrorismo
 
El episodio denunciado por COVITE no es un suceso aislado, sino una pieza más de un problema político, moral y social aún no resuelto. La existencia de organizaciones subvencionadas que participan directa o indirectamente en la normalización de la violencia es incompatible con una democracia madura. La defensa de las víctimas del terrorismo no es un asunto partidista, sino un principio mínimo de civilización democrática: no hay convivencia sin memoria, y no hay memoria sin respeto.

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