
El muro del fanatismo: ¿Por qué los votantes de PSOE y Sumar ignoran la corrupción?

El escenario político español está asistiendo a un fenómeno que trasciende lo puramente judicial para adentrarse en el terreno de la psicología de masas y la patología democrática. Mientras en el Tribunal Supremo desfilan testimonios sobre mochilas con 250.000 euros en efectivo, pagos de 1,8 millones de euros al partido y confesiones sobre «chistorras» (billetes de 500 euros) circulando por los ministerios, un bloque del electorado permanece impasible.
Según los datos de la reciente encuesta de Hamalgama Métrica, existe un gran reducto de «resistencia» que, a pesar de la evidencia, ha decidido que la realidad no va a estropearles su dogma político.
Lo más sorprendente de la encuesta no es que el 56,6% de los españoles vea indicios claros de financiación ilegal en el PSOE. Lo verdaderamente inquietante es el análisis del espectro opuesto: un 71,4% de los votantes socialistas y un inverosímil 73,7% de los votantes de Sumar afirman creer en la transparencia de Ferraz.


¿Cómo es posible que, tras las declaraciones de Víctor de Aldama, Koldo García y José Luis Ábalos, siete de cada diez votantes de izquierda sigan otorgando un cheque en blanco de honradez a una formación cercada por la UCO y el Tribunal Supremo?
El fanatismo como escudo ante la verdad
Estamos ante un caso de manual de disonancia cognitiva. Cuando la realidad —en este caso, un presunto sistema de financiación irregular estructurado desde el corazón del Ministerio de Transportes— choca frontalmente con la identidad del individuo («yo soy de izquierdas, los míos son los buenos»), el cerebro humano tiende a protegerse.
En lugar de aceptar que su partido ha podido incurrir en las mismas prácticas que tanto criticaron en el pasado, el votante fanatizado prefiere negar la validez de las pruebas o de los tribunales.
Para este sector del electorado, no importan los 1,8 millones de euros que Aldama asegura haber inyectado en las cuentas del partido entre 2019 y 2020. No importa que Koldo García admitiera la entrada de dinero opaco. El fanatismo ideológico actúa como un filtro que convierte cualquier prueba judicial en una «persecución política» o una «trama del fango». Es una fe ciega que recuerda más a una estructura sectaria que a un ejercicio de ciudadanía crítica.
Sumar: Más papistas que el Papa (o más socialistas que el PSOE)
Resulta paradójico —y casi humorístico, si no fuera por la gravedad del asunto— que los votantes de Sumar confíen más en la honestidad de las cuentas del PSOE (73,7%) que los propios afiliados y votantes socialistas. Esto revela un nivel de servidumbre ideológica alarmante. Sumar, que nació con la promesa de regenerar la vida pública y ser el azote de la corrupción, ha terminado por abducir a su electorado en una defensa a ultranza de su socio mayoritario.
Este fenómeno sugiere que el votante de Sumar ha interiorizado que la supervivencia de su ideología depende exclusivamente de que el PSOE se mantenga en el poder, cueste lo que cueste y robe lo que robe. Han decidido que la corrupción es un mal menor si el objetivo es evitar que «la derecha» gobierne. Han canjeado la ética por la trinchera.
El juicio en el Supremo: Un desfile de evidencias ignoradas
Para cualquier observador imparcial, lo escuchado en el juicio del ‘caso mascarillas’ es demoledor. No hablamos de rumores de pasillo, sino de testimonios directos bajo juramento.
- Víctor de Aldama señaló un «pico de donaciones» en las cuentas del PSOE coincidiendo con sus entregas de dinero.
- Relató cómo el dinero llegaba en efectivo al Ministerio de Transportes con el conocimiento, según sus palabras, de que «el presidente lo sabía todo».
- Koldo García admitió el manejo de billetes de 500 euros, las famosas «chistorras», una terminología que por sí sola debería provocar la dimisión en bloque de cualquier directiva política con un mínimo de decoro.
Si nada de esto es suficiente para que el 70% de los votantes de izquierda cambie de opinión, la pregunta es obligada: ¿Qué tiene que pasar para que despierten?
¿Cuál es el límite de la tolerancia?
Si una mochila con un cuarto de millón de euros en la sede ministerial no es suficiente, ¿lo sería una grabación? Si los informes de la UCO no son suficientes, ¿lo sería una sentencia firme? La historia nos dice que, para el fanático, la sentencia será «fruto de jueces fachas» y la grabación será «manipulada por la inteligencia artificial».
Este sector del electorado parece haber cruzado el punto de no retorno. Para ellos, la verdad ya no reside en los hechos, sino en la conveniencia política. Han aceptado la premisa de que «nuestra corrupción es mejor que la suya» o, lo que es peor, que «nuestros corruptos lo hacen por el bien común». Es una degeneración moral que deja a la democracia española en una situación de extrema vulnerabilidad.
La responsabilidad del votante pasivo
La pasividad y la justificación constante de las perversiones del sistema por parte de los votantes del PSOE y Sumar son el oxígeno que permite al descontrol de Ferraz seguir respirando. Un partido político solo se regenera cuando sus propios votantes le exigen cuentas. Al no hacerlo, al aplaudir a pesar de las «chistorras» y las mochilas de Aldama, el votante se convierte en cómplice necesario de la degradación institucional.
Es imperativo que el ciudadano de izquierda recupere la capacidad de indignación. Ser de izquierdas no debería significar ser ciego, ni sordo, ni mucho menos amnésico o cómplice de la corrupción. Si la ética y la moral se sacrifican en el altar de la ideología, lo que queda no es un proyecto de país, sino una banda organizada defendida por una legión de seguidores que han renunciado a pensar por sí mismos.
La encuesta de Hamalgama Métrica es un espejo roto de la sociedad española. Mientras una mayoría ve lo evidente, un núcleo duro se aferra al muro que Pedro Sánchez ha levantado entre «nosotros» y «ellos». Pero los muros, por muy altos que sean, suelen caer cuando los cimientos están podridos por el dinero negro y la falta de escrúpulos. La pregunta sigue en el aire:
¿Esperarán los votantes de izquierda a que el edificio les caiga encima, o tendrán la valentía de exigir la verdad antes de que sea demasiado tarde para todos?
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