
El joven colocado por José Bono era camarero de un cuarto oscuro gay cuando pasó a trabajar en el Congreso y en Ineco

La polémica que rodea a Álvaro Lario Ruiz no gira en torno a su pasado profesional, sino al modo en que accedió a puestos sufragados con dinero público.
Su trayectoria —desde trabajos en la hostelería nocturna hasta asesor en el Congreso de los Diputados y posteriormente empleado en la empresa pública Ineco— ha puesto sobre la mesa una cuestión de fondo: ¿funcionan realmente los principios de mérito y capacidad en determinadas estructuras del Estado?
En el centro del debate aparece el exministro y expresidente del Congreso José Bono, quien, según diversas informaciones, habría intervenido personalmente para facilitar la incorporación del joven a un puesto público. También se menciona al exministro José Luis Ábalos y a su entonces asesor Koldo García, en conversaciones que supuestamente reflejarían gestiones directas para agilizar la contratación.
El joven colocado por José Bono era camarero de un cuarto oscuro gay cuando pasó a trabajar en el Congreso y en Ineco
El debate real: no es el pasado, es el procedimiento
Conviene empezar por una obviedad: trabajar como camarero —en cualquier tipo de establecimiento— no deshonra a nadie. La hostelería es un sector digno y exigente. En una sociedad libre, cualquier persona puede desarrollar su vida laboral donde considere oportuno antes de cambiar de rumbo profesional.
El problema no es de origen, sino de procedimiento.
Cuando alguien sin experiencia pública conocida pasa en un corto espacio de tiempo a ocupar un puesto de asesoría parlamentaria y después logra un contrato relevante en una empresa pública, la cuestión que surge es estrictamente institucional: ¿cómo se produjo ese acceso? ¿Existió convocatoria pública? ¿Hubo concurrencia competitiva? ¿Se valoraron currículums alternativos?
Si las respuestas existen, deberían ser públicas. Porque en democracia, la transparencia no es un gesto voluntario; es una obligación.
La cultura del “colocar” en la política española
España arrastra una práctica profundamente arraigada: la del “colocar”. No siempre ilegal, pero sí frecuentemente cuestionable desde el punto de vista ético. La figura del asesor parlamentario permite un alto grado de discrecionalidad. Y esa discrecionalidad, aunque amparada por la norma, abre la puerta a decisiones basadas más en afinidades personales que en criterios técnicos.
El caso de Lario Ruiz reabre una herida que nunca termina de cerrarse: la percepción ciudadana de que el acceso a determinados puestos depende de quién llama por teléfono, no de quién presenta el mejor proyecto.
Si se confirma que existieron gestiones personales de alto nivel para garantizar su contratación en Ineco en cuestión de días y con un salario significativo, el debate trasciende a la persona concreta y alcanza al sistema entero.
Legal no siempre es legítimo
Es importante distinguir entre legalidad y legitimidad. Puede que todo el proceso haya cumplido la normativa vigente. Pero la ética pública exige un estándar más alto que el simple cumplimiento formal.
La ciudadanía soporta una presión fiscal considerable. Miles de jóvenes cualificados compiten durante años en oposiciones o procesos selectivos para acceder a un empleo estable. Frente a ese escenario, cualquier indicio de trato preferente genera una indignación comprensible.
No se trata de demonizar a nadie, sino de exigir coherencia. Si desde las tribunas se defiende la igualdad de oportunidades, esa igualdad debe ser visible y demostrable en cada contratación pública.
El silencio como agravante
En situaciones así, la respuesta institucional es clave. Publicar los expedientes, detallar los criterios de selección y explicar con claridad los méritos concretos que justificaron cada nombramiento sería el camino más eficaz para disipar dudas.
El silencio, en cambio, amplifica las sospechas.
Cuando las explicaciones no llegan, el vacío lo ocupa la especulación. Y cada episodio que huele a favoritismo erosiona un poco más la credibilidad de las instituciones.
Un problema estructural, no individual
Reducir el asunto a una biografía concreta sería un error. El foco no debe ponerse en el pasado laboral de Lario Ruiz ni en juicios morales sobre su trayectoria personal. El verdadero problema es estructural: la opacidad en la contratación pública y la amplitud de la discrecionalidad política.
Mientras existan mecanismos que permitan incorporar personal sin procesos abiertos y competitivos, el riesgo de sospecha será permanente.
La regeneración democrática no se mide por discursos, sino por prácticas. Y la meritocracia no es una consigna decorativa: es un pilar del Estado moderno.
La pregunta que queda en el aire
¿Se siguieron criterios objetivos y transparentes en este caso?
¿Se valoraron alternativas?
¿Se puede demostrar que la contratación respondió exclusivamente a mérito profesional?
Hasta que esas preguntas no tengan respuestas claras y documentadas, el caso seguirá proyectando una sombra incómoda.
Porque en política, más importante que el punto de partida es la forma de llegada. Y cuando el ascensor parece funcionar solo para quienes tienen padrino, la democracia pierde altura.
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